Si Usted o alguno de sus conocidos nacieron en los meses de agosto o septiembre, tienen entre 18 y 65 años, y su primer apellido inicia con la letra A, próximamente serán invitados a participar como integrantes de las mesas directivas de casilla para la elección del próximo mes de junio.
Lo anterior forma parte de un proceso que realiza el Instituto Nacional Electoral en el que se sortean las letras del alfabeto para definir a qué personas se les invitará para participar en la organización de las votaciones durante la jornada electoral. Esta actividad a la que ya estamos acostumbrados, es uno de los componentes elementales del funcionamiento del sistema democrático: es la ciudadanía la que se hace corresponsable en la conducción de sus procesos decisorios.
Déjeme ser un poco más claro sobre la idea anterior: hemos dicho en otro momento que no debemos equiparar democracia a la mera celebración de elecciones. Cualquier persona que pueda recordar la manera en que se organizaban las elecciones en México antes de la década de los 90s del siglo pasado, puede relatar que la organización de la elección era una actividad más de las muchas que realizaba el gobierno en turno. Luego vino toda la historia que Usted ya conoce sobre la ciudadanización de nuestros procesos electorales como un aspecto fundamental que dota de legitimidad –y credibilidad- a los comicios.
Pero más que una fuente de legitimidad, la nota relevante tiene que ver con la transformación política de un estado que involucra a la ciudadanía en los asuntos de todos. La fortaleza en la organización de nuestras elecciones se comprende desde las nociones de corresponsabilidad y colaboración de la ciudadanía: es una operación enorme que hacemos y cuidamos todas y todos.
¿Para qué otras cosas nos sirve la corresponsabilidad y la colaboración? ¿ha pensado en qué medida la calidad de nuestro entorno requiere de un amplio compromiso colectivo? La paradoja de nuestra democracia consiste en que nuestros gobiernos popularmente electos no son eficaces para fomentar más democracia. Son pocos y muy limitados los espacios de la vida pública en donde se cultivan estas nociones. ¿Es posible que mejore la eficacia del estado para resolver los problemas de la sociedad, si involucra de mejor manera a la ciudadanía?.
Solo por mencionar un ejemplo: como millones de mexicanos me he preguntado cuáles son los factores que inciden o determinan que un país enfrente de mejor manera a la situación provocada por la pandemia. Una de las lecciones más contundentes que hemos tenido que aprender es que ningún presupuesto público o sistema de salud será suficiente para atender a un problema de estas dimensiones, si no se corresponsabiliza a la ciudadanía para ser parte de la solución. Con dolor entiendo la enorme expectativa pública que genera la distribución de vacunas por parte de un gobierno. Pero esa solo es parte de la solución. Una que va a requerir también de tiempo, organización y mucho dinero. Quiero ser claro: quizás nos estamos equivocando al pensar que la solución depende de una acción gubernamental. La distribución de una vacuna no debe anular la obligación de corresponsabilizarnos.
Y ése es el elemento que he encontrado en los posibles casos de éxito: gobiernos que entienden que la fortaleza del estado no reside en la centralidad y verticalidad de los programas públicos, sino en la construcción de la corresponsabilidad de la ciudadanía en un problema que supera, por mucho, a la capacidad institucional de cualquier gobierno.
Para que las cosas salgan bien, se requiere un amplio compromiso colectivo que está construido de voluntades personales. Las oportunidades están por todas partes: la situación por la pandemia, la economía local, el cuidado del entorno, la solidaridad con la comunidad. Si a Usted le invitan a formar parte de la mesa de casilla para la jornada electoral del 2021, acepte. Estamos necesitados de espacios así. Eso es lo que define a los demócratas: no las palabras, sino la suma de voluntades.
Twitter. @marcoivanvargas