Obras extraviadas

En lo alto de Lomas Verdes, en Naucalpan, Estado de México, permanece un edificio que parece construido para desafiar al tiempo; una amplia escalinata, columnas de inspiración griega, un frontón monumental y un nombre escrito con aires de grandeza: Acrópolis Ciudad Comercial

Todo en él fue pensado para impresionar, para distinguirse del comercio ordinario, para convertir la compra en una experiencia casi ceremonial. El problema es lo que nació como promesa de modernidad terminó convertido en ruina contemporánea.

Acrópolis abrió alrededor de 1990 y funcionó apenas unos cuantos años. Desde entonces ha pasado mucho más tiempo como edificio abandonado que como centro comercial. Su arquitectura, pensada para atraer compradores, comerciantes y familias, terminó llamando la atención de fotógrafos, exploradores urbanos, productores de videos y curiosos fascinados por los grandes fracasos de concreto. La plaza que pretendía ser un emblema del consumo se volvió, sin proponérselo, una advertencia urbana.

Alrededor de su historia circulan rumores sobre deudas, clausuras, problemas bancarios y hasta operaciones ilícitas jamás demostradas. Lo que sí parece claro es que el proyecto tuvo dificultades para ocupar sus numerosos locales, enfrentó competencia cercana y dependía de que los consumidores subieran deliberadamente hasta un sitio vistoso, pero no necesariamente integrado a los flujos naturales de la ciudad. Acrópolis era visible desde lejos, aunque eso no significaba que fuera comercialmente atractivo.

En esa diferencia aparece una de los grandes mitos del desarrollo inmobiliario, creer que un edificio llamativo produce, por sí mismo, un buen negocio. Se invierte en fachadas, dimensiones, altura, columnas, marquesinas, estacionamientos y nombres espectaculares, pero no siempre se estudia con el mismo cuidado quién llegará, por qué lo hará, cuánto tiempo permanecerá, cuánto podrá gastar y qué encontrará al entrar. Una obra puede ser grandiosa y, al mismo tiempo, comercialmente inútil si no resuelve lo cotidiano de quienes deben usarla.

La forma prometía una ciudad comercial, pero la operación requería ocupación constante, administración eficaz, mantenimiento costoso y un volumen considerable de visitantes. Construir una estructura de gran escala es una cosa, pero crear un ecosistema económico capaz de sobrevivir todos los días es otra muy distinta. La primera se inaugura con discursos. La segunda se prueba con ventas, servicios, pagos y clientes recurrentes. La lección conserva plena actualidad, pues nuestras ciudades siguen llenándose de plazas, torres, fraccionamientos, mercados, desarrollos turísticos, centros de convenciones y edificios públicos que comienzan con una presentación deslumbrante. Los renders muestran árboles frondosos, familias felices, locales iluminados, autos ordenados y terrazas llenas. Casi nunca muestran locales vacíos, conflictos vecinales, problemas de movilidad, cuotas de mantenimiento impagables, falta de agua, pleitos entre socios o litigios entre propietarios. Sin embargo, esas escenas son las que muchas veces deciden el destino real de una obra.

Acrópolis muestra además que una obra fallida no desaparece cuando deja de producir dinero, pues permanece ocupando suelo, desgastándose y alterando el paisaje, complicando cualquier intento posterior de recuperación. En las ciudades, como en los negocios, las columnas pueden sostener el techo, pero solamente la planeación puede sostener el proyecto.

Las ciudades necesitan imaginación, inversión y riesgo, pero razonable, porque es distinto de la improvisación optimista. Antes de levantar una obra monumental convendría formular preguntas menos vistosas, pero más decisivas: ¿quién la necesita?, ¿cómo llegará?, ¿qué la hará sostenible?, ¿qué ocurrirá si la expectativa no se cumple?

Solo echemos un vistazo en San Luis potosí al Paseo Carranza, al Mercado San Luis 400 o, apenas sobreviviendo, algunos centros comerciales.

X: @jchessal