En realidad pocas son las veces en las que la humanidad pueda ufanarse de haber tratado bien a sus grandes figuras. Quién sabe qué tenemos que ver el éxito de una persona en momento real, causa una especie de animadversión similar a la envidia que hace pensar en destruir todo aquello que parezca bueno y aplicamos la más famosa de las falacias, la ad hominem, es decir, aquella que va en contra de la persona, sus creencias, condiciones insalvables o su estilo de vida y no contra su obra. Veamos un par de casos.
El primero, Oscar Wilde. Como sabemos, el padre de La Importancia de Llamarse Ernesto tenía un encanto natural y un carisma inusual. Fue de los pocos escritores de su época que gozó de éxito en vida y al cual se le pasaban por alto ciertas cosas dada su fama. Wilde era homosexual, pero casado con una mujer con la que tuvo varios hijos, aunque eso no le impedía tener sus amoríos con varios jóvenes que, según dicen, eran muy guapos. Uno de ellos, lord Alfred Duglas, además de ser su gran amor (uno que hoy calificaríamos de tóxico) se convirtió en la principal causa de su caída en desgracia. Wilde no le caía nada bien al padre de Duglas, el marqués de Queensberry quién decidió cortar a como diera lugar el amorío entre el escritor y su hijo, enviando una carta acusando al escritor de sodomía. El dramaturgo, que estaba en plena cumbre del éxito y llevado quizá por un ego que le hacía sentirse intocable, atacó al padre de Duglas y lo acusó de difamación. El juicio iba bastante bien para Wilde, pero éste no calculó que al ponerse el solo en el ojo público, mayor información iba a salir a relucir y acabó siendo juzgado otras dos veces, y, finalmente, acabó pasando años en la cárcel para luego salir exiliado y morir en París. La vida privada de Wild no quitaba en nada el genio sarcástico y divertido que tenía para escribir, pero, aún así, murió lejos de lo que hubiese deseado. Sus obras, de tiempo en tiempo, han sido prohibidas por haber sido escritas por un homosexual. Si de algo pecó Wilde, fue de arrogante y nada más. Sus textos siguen siendo espectaculares.
Luego está el caso de Artemisia Gentileschi que tuvo la mala suerte de nacer mujer y talentosa en el siglo XIV. El padre de Artemisia fue un pintor famoso, Orazio Gentileschi, y al ver que su hijo varón no tenía talento para heredar su taller, no tuvo más remedio que enseñar a su hija, quien resultó no solo dotada para el arte, sino genial. Sin embargo, al ser mujer, pasó una vida durísima, empezando con el hecho de que muy jovencita un discípulo de su papá la violó. Como era costumbre, el agresor prometió resarcir el daño casándose con ella, cosa que nunca ocurrió, así que el padre de Artemisia lo demandó. Ahí comenzó el segundo suplicio: en el proceso legal parecía que la acusada era Artemisia, se le acusó de no ser virgen, de haber provocado a su atacante, de mostrarse coqueta. Cuando finalmente salvó el amargo trago, tuvo que soportar toda una vida escuchando que ella no pintaba sus cuadros, que un hombre solamente tendría el talento y la delicadeza para manejar el pincel de esa manera. La pintora, ciertamente, tuvo muchos logros inusuales para una mujer del siglo XVI, pero han tenido que pasar siglos para que sea plenamente reconocida por sí misma.
Aunque tanto Wilde como Gentileschi vivieron mejor que muchos de sus respectivas épocas, lo cierto es que a uno le condenó ser gay y a la otra ser mujer. Sus talentos incuestionables fueron puestos a prueba no por su genialidad, sino por situaciones que ni uno ni la otra podían evitar. Eran lo que eran.
Hoy que tanto escuchamos pseudoargumentos contra tantas figuras públicas (y privadas) valdría bien aplicar la prueba Oscar-Artemisia y ver si en realidad se cuestiona la obra o a la persona y procurar alejarnos de simplismos absurdos que a la larga de nada sirven. O bueno, si, para evidenciar la ignorancia de quien los dice.