Este fue uno de esos años que no se van a olvidar fácilmente. La historia política de México no puede contarse o entenderse solamente por episodios aislados sino más bien por procesos que escapan a la reducción de una fecha como si se tratara de la efeméride de los honores a la bandera (aguas con eso de llamarle historia a memorizar fechas).
¿Qué vamos a recordar de este año? ¿Cómo se contará esta historia?. Entre los diversos relatos que podrían destacarse, en esta ocasión comparto una colección de reflexiones sobre algunos hechos que demuestran indicios de procesos que se van consolidando, y de otros que van comenzando.
Es una buena noticia que en el Estado de San Luis Potosí no estemos hablando de elecciones en estas fechas. La razón es porque con la instalación de autoridades electas, culminó el tema que ocupó una posición central en la opinión pública durante los últimos 18 a 20 meses. Es buena noticia porque cada una de las 73 elecciones locales que celebramos en San Luis Potosí arrojaron ganadoras y ganadores que en última instancia fueron confirmadas por los tribunales.
Pero la elección concurrente (federal y local en un mismo proceso) no tuvo como único resultado la entrega de constancias de mayoría. Durante este proceso todos estamos aprendiendo sobre la necesidad de perfeccionar nuestro sistema electoral a partir de las cosas que deben mejorarse. Necesitamos aprender a vivir con la reelección en un país donde por cien años se nos ha dicho lo contrario, y que de manera concreta debe coexistir con un estilo de gobierno que distinga con claridad lo que constituyen programas públicos, promoción personalizada y respeto a la equidad de la contienda. No me refiero a definiciones jurídicas sino a comportamientos que se comprenden públicamente.
Quienes de alguna manera u otra participamos con los procesos electorales coincidimos en la necesidad de simplificar nuestro esquema de reglas para conservar el entusiasmo de los ciudadanos que participan en las mesas directivas de casilla, de quienes participan como asistentes y capacitadores electorales e incluso de personas que ocupan una candidatura sin tener plena certeza de lo que pueden o no pueden hacer. El proceso electoral nos recuerda que la democracia (ya) no es un asunto de competencia exclusiva entre partidos políticos sino de procesos en donde los ciudadanos participan en el nombre de la civilidad y el bien común. El entendimiento público de los procesos electorales no debe ser monopolio de expertos.
Durante este año también tuvimos dos ejemplos raros de mecanismos de democracia directa a través de las denominadas consultas populares. No puedo estar en desacuerdo con la idea de que se puedan tomar decisiones de gobierno consultando a la población, pero como lo hemos señalado anteriormente, esto debe hacerse a través de métodos válidos y objetivos que vinculan la mítica voluntad popular con la realidad práctica sin simulaciones ni regateos. Mientras extendemos los alcances de nuestra propia democracia, necesitamos encontrar balances adecuados y pertinentes para que se hagan las cosas bien.
¿Qué vamos a recordar de este año? Yo me quedo con la parte en que millones de personas participaron de manera pacífica en un proceso electoral que lejos de designar solamente a autoridades electas, termina por marcar la pauta de lecciones que debemos aprender sobre nosotros mismos.
A las y los lectores que acuden a estas líneas (sobre todo durante estas fechas) agradezco la generosidad de su tiempo y su lectura. Espero que con el nuevo año vengan cosas buenas y mejores, por obra y gracia del entusiasmo de la ciudadanía para participar, vigilar, exigir y colaborar.