Adiós, marineros

Hace poco más de diez años, más o menos por estas fechas, nos disponíamos a irnos de vacaciones con dos niños todavía pequeños. Un día antes nos dimos cuenta de que faltaban medicinas para el botiquín portátil que siempre armamos antes de viajar y pasé a la farmacia que está por mi casa para comprar vayan ustedes a saber qué medicina. Al pasar por un estante, vi una red que contenía un juego de monitos de plástico que armaban un buen set marítimo: una ballenita, un cofre de tesoro, un capitán y dos piratas. Pensé en mi hijo menor, al cual seguramente le gustarían los juguetitos para entretenerse en la alberca, más porque al apachurrarlos podían contener en su interior agua y luego al volverlos a aplanar, aventarla en chorro. 

Tal como estaba previsto, el set de piratas cumplió con su deber y nos divirtió a todos. Mi hijo bautizó a los monitos como Macho, Manzanón y Capitán. No me pregunten por qué. Esas vacaciones jugamos un montón: los rescatábamos cuando se hundían, los escondíamos para encontraros, nos aventamos agua, los pusimos en la torre de los castillos de arena que construimos. Luego, se nos olvidaron. Los dejamos en el departamento que habíamos rentado y los dimos por perdidos para siempre. Hasta que, al año siguiente, al volver al mismo lugar nos encontramos a Macho, Manzanón y Capitán junto con el cofre del tesoro. La ballena ya no estaba. Asumimos que había ido a visitar a sus parientes en Baja California. Sin embargo, previsores como somos, por pura chiripada al volver a ir a la farmacia para otra cosa mucho antes del viaje, compré, por puro gusto, otro set de juguetes, pero más chico, este nada más traía a los dos piratas y otro cofre. Así se habían venido con nosotros Diego y Payayón, los nuevos elementos. Para esas vacaciones playeras se creó un set completo: Macho, Manzanón, Diego, Payayón y Capitan, más el cofrecito. Todos regresamos sanos y salvos a San Luis.

Con los años el equipo pirata fue y vino. Sirvió para más juegos de mis hijos, para los hijos pequeños de nuestros amigos cuando iban a visitar, desaparecían por períodos largos, pero siempre volvían. Mi hijo menor y yo tenemos este juego dual donde nos gusta crear historias, así que, de acuerdo a nuestra imaginación, los piratas han vivido grandes aventuras en tierras inexploradas, han descansado también en spas de lujo, han encontrado tesoros para que vivan tres generaciones sin preocuparse, se han salvado de peligros extraordinarios y, en general, han tenido una vida envidiable.

Mi hijo menor, el capitán mayor de esta tripulación, está a unos meses de volar en solitario por un año, siendo ya un preparatoriano hecho y derecho. Hemos empezado a arreglar su partida, lo cual incluye hacer ciertos ajustes en casa y la limpieza profunda de su cuarto. Ayer, después de horas dedicado a la tarea, sacó un par de bolsotas de basura y una caja con juguetes. “-¿Qué vas a regalar?-“ le pregunté “-Todos esto.-“ e hizo una pausa. “-Y he decidido dejar ir a Macho, Manzanón, Diego, Payayón y Capitán. Deben  de ir con otros niños. Es momento.-“ “-Si, es tiempo-“ Le respondí. Fue inevitable sentir un nudo en la garganta y mis ojos se pusieron vidriosos como ahora que escribo. Me sentí como en el final de Toy Story Tres, cuando Andy hereda sus juguetes a Bonni. Supe exactamente qué sintió la mamá de Andy. Y creo que mi hijo supo cómo se sintió Andy. “- Me siento un poco triste-“, le dije “-Yo también, pero tienen que irse a vivir otras aventuras.-“ Estoy de acuerdo. Todos tenemos que vivir otras aventuras. Él, las del mundo de la juventud. Marcos y yo, la de dejar de ser papás de unos niños  y abrazar a nuestros chavos para que caminen a la vida adulta. Adiós, marineros. Buena mar y gracias.