Ahí les digo

Si alguna obsesión tuvo Porfirio Díaz, fue poner en orden este país. Para el ex presidente, esta nación, desbocada y desencausada, debía todas sus desgracias a la poca disciplina de sus habitantes, quienes preferían institucionalizar los “San lunes” después de las juergas de fin de semana, a moderar el trago  para después trabajar  honrosamente en las faenas campiranas, las fábricas o las labores propias que llevaran al país a la altura de Francia o Inglaterra.  Lo que el pobre hombre jamás entendió, fue que aferrarse neciamente a la rigidez de los horarios y poner todo el empeño en prohibir el jolgorio, era una labor condenada al más estrepitoso fracaso. Nada de malo tenían las intenciones de Díaz, pero por más que se moldeen las características más esenciales de las naciones, nadie puede extirpar la médula del carácter nacional y pretender seguir vivo. 

Cossío Villegas recogió la intervención de un letrado apellidado Sánchez Santos, quien en apoyo a las políticas presidenciales del porfiriato argumentaba que el alcohol desmedido era causa de la falta de productividad; sin embargo, señalaba que el consumo excesivo de la bebida era en gran medida propiciada por la debilidad de los patrones y las “libérrimas” leyes mexicanas. En ese entonces, una jarra de pulque costaba unos dos centavos, mientras que la cerveza podía sobrepasar los treinta y cinco, que eran cinco centavos más del salario diario de un jornalero. Curiosamente fue en esa época que la cerveza se popularizó gracias a que el mismísimo presidente aceptó apoyar a cervecerías mexicanas a través de beneficios fiscales  y subiendo los aranceles para las cervezas extranjeras. Hasta entonces, al hacer los costos más bajos, fue como la cerveza comenzó a popularizarse, y, obviamente, la gente siguió bebiendo. 

Así como el alcohol era satanizado, el sinónimo de salvajismo estaba relacionado con la ropa. Por ejemplo, los muy populares calzones de manta que vestía la población campesina se tachaban de incivilizados. Previo a la serie de festejos que se celebraron para conmemorar el centenario de la independencia en donde serían invitadas autoridades extranjeras, el gobierno ordenó el uso obligatorio del pantalón. La idea era matar dos pájaros de un tiro:   al ser su uso mandatorio, el pueblo  tendría que gastar en comprarse la prenda y por tanto ya no gastarían dinero en emborracharse. Sonaba bien, en teoría. Unos días antes del inicio de los festejos y  para no pasar vergüenzas, el gobierno ordenó la distribución de cinco mil pantalones, de manera que fueran usados frente a los ilustres invitados extranjeros. Sin embargo, el plan fue un completo fracaso: los pantalones regalados fueron intercambiados por comida, herramientas o calzones de manta nuevos. 

La conducta en público también tuvo intentos de ser regulada. Se publicaron medidas donde la Inspección General de Policía intervendría y castigaría severamente a quienes en “el teatro o en cualquier centro de reunión pública infrinja los reglamentos y falte a las mas rudimentarias reglas de urbanidad, guaseando a su modo, profiriendo insultos y frases obscenas y, en general, dando muestras de poca cultura.” Ya se imaginarán ustedes que aquello no tuvo el menor éxito, dado que de lo primero se guaseó el pueblo, fue del intento por detenerlos de guasear. Algo así como ahora, cuando se ha intentado regular el uso de internet. 

Díaz tenía el cuero muy delgado para recibir críticas. Bien documentadas están las prácticas para censurar cualquier publicación contraria a su gobierno y se perseguía a todo aquél que osara levantar la pluma contra el presidente. Tal cosa cambió durante el gobierno de Madero, sin embargo, hasta el prócer de la Revolución tuvo sus ataques de intolerancia. El periódico El Heraldo se mostró muy crítico de las ideas del gobierno Maderista, tanto que por instrucciones del presidente, que era buena persona pero ningún santo, se apersonaron con el director del periódico Enrique Bordes y Agustín Hot, quienes fueron recibidos por los editores, Joaquín Piña y Gonzalo Espinosa. No llegaron a nada. El periódico no movería ni un centímetro su línea editorial. Entonces, el gobierno maderista ordenó impedir la circulación de El Heraldo y en respuesta, el gerente mandó tirar la edición completa desde la azotea. Ese día la gente dijo que llovieron diarios.  

Si algo podemos aprender de todo esto, es que vanos resultan los intentos de cualquier gobierno por tratar de imponer a punta de decretazos como se debe o no portar la gente; que nadie está exento de tener problemas de grosor de piel, y que ante la censura, los periódicos vuelan incluso con más fuerza que cuando nada les impide usar sus alas.