Había una vez un gobierno en la entidad potosina que recomendaba, con mediática terquedad, “pensar antes de dar”… una moneda a las personas vulnerables en situación de calle que pedían algo para medio pasar el día. Ese gobierno se caracterizaba por servir a intereses empresariales en primera -y última- instancia, dejando para los pobres, si acaso, algún sobrante que se aplicaba, de manera filantrópica, para exculparse de cualquier sentimiento des-humanitario. Una peculiar filantropía era practicada por instituciones y privados mediante donaciones y subsidios que, las más de las veces, eran recursos públicos otorgados como si se tratara de aportaciones particulares provenientes de un espíritu solidario de grandes magnates, políticos y corporaciones. Reordenar la economía por parte del gobierno federal ha implicado ir terminando con ese tipo de simulaciones y aplicar una política social de contacto directo, sin intermediarios gananciosos, con la gente que requiere apoyo. De allí la pertinencia de aclarar, por el actual gobierno federal, que la función de una empresa no es practicar la caridad, sino producir.
En efecto, con independencia de responder a las típicas preguntas sobre qué producir, cómo producir y para quién producir, un primer elemento a considerar en la caracterización de nuestra economía y los sujetos económicos es la de ser de tipo “no equivalencial”, es decir, que el excedente que se produce y acumula es gestionado y asignado por una minoría y esto sucede desde hace aproximadamente cinco mil años. Luego, dentro de la historia de los modos de producción se sabe que hay una serie de sistemas específicos como el esclavista, el feudal, el capitalista, el experimentado en el socialismo real, entre otros, donde la gestión del excedente y la relación de los sujetos económicos adquiere ciertas peculiaridades, pero prevaleciendo siempre una dominación entre uno y otro (sea amo y esclavo, señor feudal y siervo, capitalista y obrero), destacando que en el sistema capitalista, propiamente el de nuestro tiempo, esa dominación se muestra como de libre asentimiento de una parte mediante un contrato que presume igualdad ante la ley, pero que no es más que un fetichismo donde el trabajo vivo del pobre es subsumido en el sistema como si fuese una mercancía.
La ganancia y el lucro son, por definición, el “leit motiv” de la producción capitalista y ya se sabe que el proceso productivo no es más que una valorización permanente del capital, un valor que se valoriza en cada una de las determinaciones que lo constituyen, por lo que imaginar que el espíritu empresarial descansa en la caridad para un pobre que no tiene más que su “corporalidad desnuda” es atentar contra la dignidad humana.
Por eso, es de resaltar que las limitaciones propuestas por el gobierno federal para limitar los abusos de corporaciones empresariales que hacen donativos que luego deducen con grandes ventajas económicas, es una medida pertinente que sólo afectará a cerca de 50 personas físicas registradas como fundaciones (dentro de un universo de 10 mil) y que recibían millonadas de empresas asociadas que deducían más de lo que aportaban, sobresaliendo el caso de “dos familias que en los últimos años han deducido hasta cientos de millones de pesos para sus propias fundaciones” (en “La Jornada”, 23 de octubre de 2021). Negocio redondo, pues. De allí que la “ley de la acumulación” que un clásico como Marx describiera en “El Capital”, sigue siendo actual: “lo que es acumulación de riqueza en un polo (del capitalista) de la relación, es acumulación de miseria en el otro (del obrero)”. ¿Almas caritativas los grandes empresarios? Seguramente habrá excepciones de los bien intencionados, pero ya se sabe que de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno. En todo caso, “pagan justos por pecadores”.