Comienzo a entender a Einstein. No porque de un día para otro mi natural y bien reconocida torpeza para entender complejos conceptos de Física haya desaparecido, sino porque conforme pasa el tiempo y lo siento pasar, me parece más cercano, mucho más familiar, entender que el tiempo no es otra cosa mas que la percepción de los sentidos y no aquél concepto lineal con principio, desarrollo y final que era mucho más fácil de digerir. Tengo claro que el tiempo pasa y deja testigos de su paso: mi cara comienza a arrugarse (quiero creer que es de lo mucho que he reído) y le he dejado de dar importancia a cosas que antes me mortificaban y comienzo a preocuparme por otras que antes no se detectaban ni por el más complejo radar.
En el libro de Muriel Barbery, Rapsodia Gourmet, el crítico gastronómico más famoso del mundo, Pierre Arthens, agoniza. Se niega a dejar este mundo sin antes recordar el sabor de su vida. El único. Escarba en su memoria y a través de otros personajes, va plato por plato tratando de encontrar el último sabor para poder irse en paz. Como Arthens, he evocado los taquitos de tortilla de harina relleno huevo con salcita roja y el café con leche que nos preparaba mi abuelo cuando mi hermana y yo hacíamos pijamada en su casa. Trato de evocar también, las gorditas de maíz que vendían en la cooperativa de la primaria y dos o tres garnachas insalubres que en su momento supieron a gloria. No tengo agendado todavía morirme, pero en este punto, se vuelve importante recordar ciertos sabores para definir qué voy a cocinar después.
En un capítulo de la serie distópica Black Mirror los protagonistas, una pareja sin mayores conflictos podían, al igual que el resto del mundo, grabar todas las cosas que observaran directamente desde la pupila de sus ojos. Consecuentemente, ante cualquier conflicto podían recrear el momento y transmitirlo como si fueran escenas de una película y así comprobaban si tal cosa efectivamente había sido dicha o si tal compromiso había sido indudablemente realizado. Lo que se pensó inicialmente como una útil herramienta para mejorar su relación, acabó causando su fin. Nadie debe nunca de rumiar en el pasado tanto como para perderse en él. Sin embargo, entiendo la burda necesidad de buscarse en los recuerdos y reconfigurarlos. Lo malo es que la percepción que tenemos de ellos no es del todo fiel o peor, muy posiblemente no esté siquiera cercana a la realidad. Entonces, quizá lo que encontremos resulte justo lo contrario a lo que estábamos buscando. De todas formas, los paseos por la memoria son necesarios. Dan perspectiva, advierten de errores, dimensionan el presente; siempre y cuante el viajante del recuerdo sea cauto.
Conocí a una mujer que durante su vida vivió lo que nadie debe vivir: vio morir a tres de sus hijos. Lo que para cualquiera hubiese sido causa de suicidio, para ella fue templanza. Los sobrevivió y vivió para los que le restaban. Vio crecer a sus nietos y al final de sus días, a sabiendas que era el momento de partir, ordenó a quien estaba con ella que le llamara a sus hijos, porque estaba a unas horas morir. De las cosas que más recuerdo de ella, es que decía que una dama sabía cuando retirarse. Siempre he pensado que ella murió cuando quiso.
Hay veces en que uno debe retirarse porque las señales del pasado arrojan gritos desesperados de advertencia. La experiencia debe justamente de servir para eso: reconocer sabores, mesurar experiencias y definir los momentos al instante. Con eso se puede armar perfectamente el presente y con algo de suerte, un poco del futuro a sabiendas que en unos cuantos momentos más, nada de ello será relevante. Seguiremos haciendo del tiempo una especie de dios o demonio (a veces es difícil diferenciarlos) y cada decisión que parece categórica no es otra cosa mas que un simple grano dentro de un reloj de arena. Entonces, entenderemos con facilidad que nada es definitivo. Pretender eternizar lo constante es de necios. Y aun así caemos porque Einstein tenía razón: “Todo el mundo tiene que sacrificarse de vez en cuando en el altar de la estupidez”.