Debe ser feo adoptar un deporte o pasatiempo como pose e invertirle mucho dinero y tiempo, sólo para presumir, y acabar haciendo mal las cosas. Es como el nuevo rico que se compra sus palos de golf y su carrito, se inscribe a cuanto club haya de eso, sin saber nada del asunto y hasta traje de baño se compra porque le dijeron que hay un lago y luego, en el golpe de salida, acaba con el hombro lesionado. Lo mismo que aquel que se hace de un costosísimo violín y ni siquiera aprende a imitar a Olga Breeskin.
Cualquier similitud con la vida y personajes reales es mera coincidencia. Y ya no feo sino frustrante debe ser irse a comprar caballos finos al Oriente próximo, empeñarse en construir un espacio para presumir esos caballos y ser la envidia de los amigos (sin importar que para esa construcción se desvíe dinero de verdaderas prioridades), después enterarte que ese espacio no se va a poder acabar con todo y que ya hasta en lo imposible estaba comprometido, y acabar mandando a los que se quería impresionar a un peladero acondicionado (casi como plaza de toros portátil en el siglo XVIII) a última hora. Pero, además, no llegaron todos los que se pensó que iban a participar y no hay concurrencia a la que le interese el asunto.
Lo que volvería más dramático el asunto, hasta darle un toque de patetismo, es acabar con la mano lastimada, como resultado del mal manejo de los caballos que se presumió conocer y controlar y no poder participar en la fiesta con los amigos. Esto seguramente no sucede, pero puede ocurrir; aquí no, desde luego.
Ya de inicio hubo un mal presagio, y no por el capricho que pareciera tener de punto de partida un profundo resentimiento social; si el lamentable accidente en el que perdió la vida aquel operario de la construcción algo les hubiera representado, habrían llevado a paso normal la obra y, desde entonces, pensar en espacios alternos o bien posponer la sede para el próximo año. Se ganaba perdiendo, pero sobrada arrogancia y cortedad en el entendimiento es mala combinación.
Por cierto, lo de la manita ofendida plantea dos posibilidades: primera, fue cierto y no es un buen charro (salvo para jinetearse la lana, hacerles manganas a los diputados y pialar a la oposición) o, segunda, definitivamente no es buen charro y para evitar competir y no hacer más ridículos, fingió el accidente. Poco probable, todos nos hemos percatado que carece de ese sentido.
A lo desafortunado siguió lo alarmante: una disertación de apología criminal en la que se elogia la complicidad en un homicidio; de nuevo no sólo evidencia lo limitado de sus alcances intelectuales, sino también muestran el entorno cultural en que se desenvuelven él y sus “amigos de pala”. Deberían tener presente él y sus amigos de pala, que en algún momento lo enterrado y escondido, también se puede encontrar.
La posterior enmienda con la que en redes sociales trató de matizar el mayúsculo dislate, en la que –dicho sea de paso– utilizaba palabras muy sofisticadas que distan mucho de ser las que usa de ordinario, sólo hicieron que fuera más evidente que no sabe controlar a su propio caballo cuando se desboca.
A inicios de sexenio, se recordará, la secretaría General de gobierno asumió la responsabilidad de coordinar un cuerpo encargado de salvaguardar la integridad física, moral, intelectual y hasta espiritual del gobernador y sus cercanos, pero parece que alguien no sabe hacer las cosas, porque de saberlas, lo primero que habrían hecho es proteger al gobernador del propio gobernador.
Más, todavía. Ni se alcanzó la participación esperada y hasta el momento el público expectante no ha sido el deseado, con todo y que acabaron llevando acarreados, al más puro estilo del gallardismo que bien lo aprendió de los tiempos de la maldita herencia, y ni así.
El castigo llegó sin palo ni cuarta, en parte se pagó el caos generado en el centro histórico el día de la inauguración, cuando además sus feos testaferros desalojaron con cierta violencia a un profesor que protestaba afuera del teatro de la Paz. Qué pena que si escuchan los reclamos, las visitas piensen que el charro anfitrión es un mal gobernador; con los amigos de pala y reata sí le puede el qué dirán.