Amor

Hay una frase que se le puede reclamar a cualquier gobierno: “las cosas se hacen así porque siempre se han hecho así.” Por eso llama la atención que, en su Segundo Informe de Gobierno, Claudia Sheinbaum haya dicho algo que suena cursi en un documento de rendición de cuentas: que su gobierno ha convertido el amor en política pública, y la política pública en un derecho del pueblo de México. Surge la pregunta: ¿Ternura política o estrategia calculada? La respuesta es que puede ser las dos cosas a la vez, y ahí está lo interesante.

Empecemos por lo que no se opina: los números. Al cierre de 2026 los Programas para el Bienestar llegarán a 42 millones 860 mil 296 personas. La violencia homicida bajó 51 % respecto al punto más alto reciente. El salario mínimo, en términos reales, creció en 154 % desde 2018. Son cifras oficiales, y como toda cifra oficial merecen ser leídas con ojo crítico y contrastadas con datos de organismos independientes. Pero incluso con ese margen de cautela, hablamos de una transformación con dimensión real en la vida de millones de familias mexicanas y potosinas. 

Lo que interesa en el análisis de discurso no son solo los números, sino la manera en que se cuentan. Aquí es donde la frase del amor convertido en políticas públicas deja de ser un detalle tierno y se vuelve una frase clave para entender las acciones de gobierno. Porque decir que algo “se convierte” en otra cosa no es un accidente del discurso. Es una forma de contar una historia. Primero hay un sentimiento, el amor al pueblo; luego ese sentimiento se transforma en política pública; y finalmente se vuelve un derecho. Es una secuencia que suena casi como una receta de cocina, pero que en realidad está resolviendo uno de los debates más viejos de la política social, convertirla en un derecho. 

Durante décadas, gran parte de los programas sociales en México fue un intercambio: yo te doy, tú me votas, y si cambia el gobierno, el programa puede desaparecer o cambiar de nombre y de reglas de operación. Cualquiera que haya visto irse y venir apoyos rurales, becas o subsidios sabe de lo que hablo. Convertir esos apoyos en derechos, como se ha hecho con las pensiones para adultos mayores o las becas para estudiantes, es un cambio de fondo, no de forma. Significa que el siguiente gobierno, sea del color que sea no podrá cancelarlos de manera sencilla. 

Sería ingenuo no notar el truco retórico. Hablar de amor en vez de presupuesto, de negociación en el Congreso o prioridad del gasto social, tiene una ventaja: es casi imposible criticar el amor sin sonar como alguien insensible. Es difícil pararse frente a una frase así y decir “no estoy de acuerdo”, porque parecería que uno está en contra del cariño hacia la gente más necesitada, y no en contra de una manera particular de explicar una decisión de política pública. Eso no vuelve falsa la frase, pero sí conviene tenerlo presente: los gobiernos, todos, sin excepción, eligen las palabras que mejor los protegen de la crítica. 

La enseñanza más honesta que deja este informe para cualquier ciudadano es: los derechos en la ley son un piso, no un techo. Que una pensión o una beca estén blindadas constitucionalmente es un avance real. Pero un derecho que no se acompaña de instituciones locales eficientes, de gobiernos municipales que atiendan bien y de servicios públicos que funcionen, se queda a medias. El amor convertido en ley es un buen comienzo, pero el amor convertido en administración pública eficiente, en el día a día de un hospital o una patrulla que llega a tiempo, todavía depende de cada nivel de gobierno, incluido el nuestro.

En conclusión: con las próximas elecciones de 2027, es previsible que sigamos escuchando frases, hechas para repetirse en redes sociales y portadas de periódicos. Nada de malo hay en eso; toda política necesita relatos que la gente sienta. Lo que sí nos corresponde a quienes leemos y comentamos estos discursos es no quedarnos únicamente con la emoción de la frase, sino preguntar qué hay detrás, qué se sostiene con hechos. Porque al final, la verdadera evaluación de un gobierno no se aprueba en un discurso, sino en que las personas sienten que esos derechos no son solo palabras, sino algo tan sólido y cotidiano como para dejar de tener que preguntarse si mañana seguirán ahí. Próxima colaboración: 23/09/26.

@jszslp