Se han cumplido (hace un par de semanas) diez años de que esta columna vio por primera vez la luz en las páginas de este periódico. Por ella han pasado nombres, situaciones, remembranzas, recuerdos y reflexiones, gozando siempre de libertad en cuanto a tema y contenido.
Desde cuestiones netamente personales, como sentidas letras dedicadas a seres queridos, a recuerdos labrados en mi mente y a momentos de mi propia vida, cargados de nostalgia, hasta situaciones nacionales o locales de nuestro devenir político, social, económico o, simplemente, de nuestra cotidianidad.
Cada domingo por la mañana, frente al teclado, hago el repaso de aquello que me parece de interés para mí y, según lo creo, para el posible lector, tratando de encontrar la mejor manera de expresar lo que quiero compartir. Es la síntesis de todo cuanto, en la semana, se me presenta como alternativa para dedicarle algunas palabras, conformando posibilidades y, finalmente, decantándome por alguna concreta idea.
En algunas ocasiones he cambiado la computadora por el teléfono o una tableta, pues no he querido fallar a la cita dominical, aunque me encuentre de viaje, pues para mí, la construcción de estos textos es un placer y un oasis en mi diario andar.
Una cuestión esencial para mí es que, en estos diez años, el tema de mi columna es absolutamente decisión mía, sin que nadie, jamás, me haya dado alguna “sugerencia” o marcado algún rumbo. Esa libertad plena es, sin duda, uno de los mayores atractivos de mi actividad creativa.
Otro de esos seductores aspectos que tiene escribir cada semana, es el sentir que lanzo una botella al mar, con un mensaje en su interior, sin saber quién leerá mis palabras; sin saber si, en algún momento, alguien me hará algún comentario al respecto o, simplemente, pasará de noche sin pena ni gloria.
Cierto es que, en una década, no todo es miel sobre hojuelas y algunas aportaciones habrán levantado sentimientos contrarios al autor. Susceptibilidades aparte, siempre he tratado de decir lo que digo con el sustento necesario para que las insatisfacciones no sean por ligereza o grosería, si es que acaso las hubiera. Nunca he escrito un texto pensando en causar un mal, pero nunca callaré cuando crea que debo hablar.
Dijo José Saramago: “¿Qué derecho tiene un señor o señora de creer que por escribir una columna tenemos que creer que es verdad lo que dice?”. Nada más alejado de la realidad en mí caso. No creo que nadie deba creerme solo por el hecho de que cuente con un espacio en las páginas de un periódico para compartir mis particulares puntos de vista. El derecho que tengo es a expresarme y a compartir mi pensar y mi sentir, sin que el querer agradar a alguien se convierta en un mecanismo de autocensura. Si algo puede hacer quien me lee es, justamente, dudar de mis palabras.
Estos diez años han sido, sin duda, una gran experiencia, que estoy dispuesto a seguir viviendo hasta que la vida misma, el medio de comunicación o los lectores lo quieran. Entre tanto, aquí nos seguiremos encontrando.
No puedo terminar sin dejar patente a Pulso Diario de San Luis y a sus directivos, particularmente a Pablo Valladares, mi profundo agradecimiento por la apertura y tolerancia a mi trabajo y, por supuesto, a ese gran periodista que además me dispensa su amistad desde hace mucho tiempo, Jaime Hernández López, quien fue quien, hace diez años, me propuso ocupar este espacio de opinión.
@jchessal