Apatía política

Me encontraba buscando el tema sobre el cual escribir esta semana, cuando leí en la cuenta de Twitter de Eduardo Infante, maestro de filosofía español (@eledututor), lo siguiente: “#FiloReto La ética estoica consideraba la participación en la vida política como uno de nuestros principales deberes. ¿Por qué el ciudadano actual muestra tanto desinterés y por qué la política está tan denostada?”. Me propongo reflexionar al respecto.

Hay que decir que contestar esta interrogante podría llevar un libro completo, además de que cada país es distinto en cuanto a los múltiples factores que pueden influir al respecto; por tanto, me limito a lo que me presenta la experiencia y la observación que he hecho ya durante muchos años de la política en México.

Como producto de la revolución de 1910 y de la Constitución de 1917 se estableció en nuestro país una clase política que, poco a poco, se fue fortaleciendo de manera regional, creando cacicazgos en diversos puntos del territorio nacional; esto preocupó al entonces presidente, Plutarco Elías Calles, quien encontró en 1929 la fórmula ideal: crear un partido político desde la cúpula del Poder (Partido Nacional Revolucionario) que aglutinara a todos los ex revolucionarios bajo la mística de aquella lucha social y se colocaran bajo la mano protectora del Poder Ejecutivo, máximo representante de todo lo que los unía en cuanto a sus orígenes.

Así, más que un partido político se creó un instrumento de control que mostró su eficacia por más de setenta años, con dos cambios de nombre, Partido revolucionario Mexicano y Partido Revolucionario Institucional.

Este gobierno hegemónico que duró tantos años, en el que los tres niveles de gobierno, federación, estados y municipios estaban controlados por esta “identidad revolucionaria”, generaron en el pueblo diversas conductas que justamente nos colocan en la respuesta a la pregunta inicial.

En primer lugar, como se trataba de una forma de control político desde la cumbre, se recurrió a la dádiva social, es decir, a programas existenciales que cargaban (poco, pero cargaban al fin) con algo de comida y centavos a la población, de manera que el solo riesgo de favorecer a una fuerza política contraria era impensable o, por lo menos incosteable para las familias. 

Con el gobierno de Fox y el de Calderón, dos presidentes no priistas pasó lo mismo y ni que decir con Peña Nieto (priista de la reconquista efímera) y hoy con López, maestro del soborno asistencial.

Además, se generó también un sentimiento de impotencia ante los actos de exceso del poder, dado que los líderes sociales y las autoridades estaban (están) siempre en aras de someterse a los designios del Presidente y de ahí hacia abajo (en los estados pasa con los gobernadores lo mismo). Por tanto, impensable para un ciudadano enfrentar al monstruo desde su humilde trinchera personal. Aun hoy o, más bien, hoy peor que nunca, existe la sensación en el aire que si se levanta la voz siquiera contra quienes gobiernan, lo menos que le puede ocurrir es que le congelen sus cuentas de banco, lo metan a la cárcel acusado de algún delito o lo desaparezcan. En realidad, no es para tanto (algo hay, siempre lo ha habido pero no como se mitifica) pero se genera la intuición de persecución en la población. Vamos, que si bien es cierto la represión siempre ha existido en todos los gobiernos, es más lo que se cree que lo que se prueba.

Finalmente (para efectos de esta columna pero no en el tema, que daría para mucho más) se han generado liderazgos sociales que, particularmente en redes sociales que han resultado en realidad nocivos para la participación política de la ciudadanía. Trataré de explicarlo.

Leemos en una red social que alguien fustiga fuertemente al presidente; no tarda en haber una respuesta airada de los seguidores de éste contestando con rudeza al iniciador del cuestionamiento. De ahí se generan memes, tendencias, espacios, etcétera. Y el asunto queda ahí, con unos cuantos, quizá en el mejor de los casos, un par de miles de vistas, menos likes y menos aún comentarios, despareciendo la tendencia en un par de días. El daño está hecho.

Porque simplemente se genera un efecto psicológico muy sencillo: resulta catártico que yo, desde mi teléfono o computadora me coloque en alguno de los bandos, de unos cuantos clics, escriba alguna cosa y, con eso, considere cumplida mi participación democrática; ya habrá algún otro influencer que me convoque y listo, la vida sigue. Responsabilidad ciudadana transferida.

Así, la dádiva desde el poder, el temor ilusorio y la transferencia hacen del ciudadano de hoy un apático político.

@jchessal