Aquel 11-S

Se cumplieron 25 años del 11-S, en alusión a la fecha en la que cayeron las torres gemelas del World Trade Center de la ciudad de Nueva York, en el vecino país del norte, a consecuencia de los impactos de dos aviones secuestrados por los que, de inmediato, autoridades gringas calificaron como terroristas vinculados con países de medio oriente. Muchas cosas se especularon desde entonces con respecto a la verdad histórica que rodeó aquel trágico acontecimiento: que si fue una expresión radical de lo que Samuel Huntington definió como un “choque de civilizaciones” con un componente de fundamentalismo religioso, o que si fue hasta un auto-atentado para provocar convenientes reacomodos político-económicos de las élites de poder y negocios estadounidenses, entre otras versiones que circularon a lo largo de todos estos años. Pero pronto se vería cómo de la necesidad, el poder del imperialismo estadounidense haría “virtud” para tratar de vender al mundo la versión de que se tenía que responder con todo el poderío bélico gringo para evitar que “oscuras” fuerzas socavaran la democracia occidental.

Se recordará que, aparentando un desconcierto monumental, el gobierno estadounidense encabezado por el entonces presidente George W. Bush, enfiló baterías contra el gobierno talibán de Afganistán y hasta ubicaron al famoso Osama Bin Laden como cabecilla de las acciones terroristas desplegadas, sin omitir siquiera que, antes, se trató de un personaje con el que se habían realizado “oscuros” negocios del ramo petrolero en el estado de Florida con el viejo Bush   y hasta se le había entrenado por agencias de inteligencia estadounidenses para sostener la resistencia contra el régimen soviético en Afganistán y que, antes, hasta se ilustró como una intervención gringa épica y gloriosa con una de las películas de la saga de John Rambo. 

También se recuerda cómo personajes como Jorge Castañeda, canciller con Fox, se apresuró a manifestar, vergonzosamente, todo el apoyo al gobierno estadounidense, asumiendo a pie juntillas el dictum de Huntington del llamado “síndrome del país agregado”, como respuesta convenencieramente solidaria de países que, supuestamente, comparten valores “civilizatorios” para enfrentarlos a otro grupo con valores culturales distintos. Pero, concediendo que las tensiones son mayores cuando las diferencias son atravesadas por fundamentalismos de corte religioso, no se puede desconocer que persisten implicaciones ideológicas en el rejuego de intereses económicos en un momento especifico de reacomodos geopolíticos; de hecho, la cuestionada ideología neoliberal y la violencia globalizada, desplegadas por un imperialismo renovado, solamente pueden entenderse con base en otro fundamentalismo como lo es el de un libre mercado y el capitalismo más depredador, así sea que se busque sustituir el clasismo de un conflicto por el choque cultural.

Con el paso de los meses, fue quedando claro que el interés de los grupos de poder económico y político de los neoconservadores estadounidenses era más el de eliminar a Sadam Hussein y hacerse de las riquezas energéticas de Irak, además de abrirse paso en una región específica de medio oriente que resultaba vital para los intereses geopolíticos estadounidenses. Morris Berman, reconocido intelectual estadounidense, ilustró claramente, en su clásico “Edad oscura americana” (Ed. Sexto Piso, México, 2007), cómo el grupo de poder neoconservador, del que Bush no era más que una pieza más para mover el tablero, construyó la famosa falacia de la posesión de armas de destrucción masiva en poder de Hussein para desatar la guerra que, desde antes de la caída de la torres gemelas, ya se traían entre manos. Dos años después de del 11-S sobrevendría la cacería de Hussein y toda la serie de abusos a derechos humanos y grandes negocios asociados a la destrucción de territorios y su consiguiente negocio de reconstrucción, en una lógica de grandes ganancias que, hoy, sigue siendo el motor de la violencia desplegada por el imperialismo estadounidense.