Aquel 2 de julio de 2006

Se cumplieron veinte años del fraude electoral cometido en agravio del pueblo mexicano para frenar, aquel 2 de julio de 2006, el triunfo de Andrés Manuel López Obrador por la Presidencia de la República. Los detentadores de poderes formales y fácticos de ese momento hicieron hasta lo imposible (como el caso del absurdo proceso de desafuero que, empero, les resultó contraproducente por el grado de autoritarismo exhibido) para evitar el ascenso de un gobierno de izquierda progresista en la titularidad del poder ejecutivo federal y se empecinaron en sostener la llegada de Felipe Calderón, oscuro personaje que trataría de limpiar su imagen de espurio para no arrastrar una ilegitimidad de origen en el máximo poder público del país, apelando al ejercicio de la violencia institucional como “razón” primera y no como “ultima ratio” de todos los componentes que suelen acompañar la dominación estatal.   

      El hubiera si existe y se podría plantear que, si se hubiera respetado la voluntad popular, no habría llegado al poder presidencial un sujeto como Felipe Calderón, que hasta muy ufano se atrevió a espetar el famoso “haiga sido como haiga sido”, para reconocer que su ascenso a la presidencia de México no fue plenamente democrático y, por tanto, la democracia pregonada por la derecha terminó extraviada. Calderón pretendió legitimarse en el ejercicio del poder presidencial, no para volver a la senda democrática exigida por el pueblo, sino para tratar de apagar el amplio reclamo del fraude electoral. Aquí es inevitable recordar aquélla metáfora narrada por Zygmunt Bauman en una de sus obras, aludiendo a la búsqueda de la democracia como si se tratara de la que hace una persona ebria (y vaya que le acomoda la alusión a Calderón), cuando pretende encontrar la cartera perdida a la luz de un farol de la calle, no porque allí la haya extraviado, sino porque allí hay más iluminación que le alumbre.   

      Y, en efecto, para Calderón resultó que la iluminación para pretender legitimarse consistió en implementar una cruenta guerra. ¿Quién en su sano juicio podría abogar por Calderón y presentarlo como un dechado de virtudes? ¿Quién podría atreverse a proclamar que el gobierno de dicho sujeto fue de grandes beneficios para la mayoría de la población? Bueno, sí hay quienes se atreven a señalar que Fecal cumplió “la tarea” y, metidos en gastos, no ha faltado quien se pronuncie por tacharlo hasta como “patriota”; sin embargo, tales apreciaciones estarán siempre salpicadas por la sospecha inevitable de que obedecieron a otro tipo de intereses sectarios y, más específicamente, dinerarios. Por supuesto, quienes defendieron a Calderón y, antes a Fox, estarán en su derecho de defender ese punto de vista y, aún ahora, como polvos de viejos lodos, hay en la derecha defensores de esos sujetos, pero el juicio de la Historia siempre ha sido y será implacable para poner las cosas en su lugar.

     Sin duda, Fecal será recordado como el presidente que deja miles de cadáveres y desaparecidos, además del enorme daño social y moral a deudos y víctimas de tan demencial “política de guerra” y, además, de entrar por la puerta de atrás en el Congreso de la Unión para tomar protesta como jefe del ejecutivo federal entre gritos, sombrerazos, codazos y varios saludos maternales. La violencia de Estado, en la clásica versión weberiana, escaló la cima de su expresión legaloide. En fin, lo que interesa destacar es que, aquel 2 de julio de 2006, se consumó un atraco a la voluntad popular y vale la pena no perder memoria de la infamia prohijada por una derecha que entonces gobernaba, porque lo que se ha esbozado en este espacio como consecuencia de la llegada de un gobierno espurio como el de Calderón, es apenas un botón de amplia muestra de lo que vale contrastar con un gobierno que reivindica la soberanía nacional y la transformación institucional en favor dela mayoría social.