Autodeterminación de los pueblos

Lo que ocurrió con el asalto a la embajada mexicana en Quito, Ecuador, muestra que las prácticas antidemocráticas en América Latina no se han desterrado del todo. Afortunadamente la condena ha sido unánime y la actuación del gobierno mexicano encomiable. El derecho de asilo está contemplado en nuestra Constitución Federal en su artículo 11 y no hay mayor discusión sobre la importancia de salvaguardar su respeto y cumplimiento, acudiendo a las instancias internacionales pertinentes. Lo que interesa destacar en este espacio, es el resabio antidemocrático que se traduce en ese tipo de prácticas por parte de algunos personajes de algunos países latinoamericanos, por suerte cada vez menos, práctica cortada por la misma tijera de incomprensión por los nuevos tiempos en los que la participación popular es cada vez más amplia, plural y comprometida con la construcción de la nación, entendiendo que una condición “sine qua non” para construir la nación en nuestros países de América Latina es la capacidad de la autodeterminación de los pueblos, como planteara, hace buen rato, René Zavaleta Mercado, destacado intelectual boliviano, ya fallecido, y que, por cierto, vivió exiliado en nuestro país un buen tiempo.

     En uno de sus textos titulado “Cuatro conceptos de la democracia”, Zavaleta se refirió a lo que denominó como cuatro rasgos con los que la democracia se presenta en nuestros países: “como movimiento general de la época, como representación, como problema de la teoría del conocimiento y como autodeterminación de las masas”. Como movimiento general de la época no es más que la pretendida igualdad que la libertad formal del sistema capitalista provoca para enmascarar la explotación del hombre; en tanto que como representación, el problema es que “la representación de la representación” es una circularidad de intereses de algunos sectores sociales y económicos; luego, como teoría del conocimiento, la democracia no siempre alcanza a conocer la totalidad de la sociedad, por tanto, la auto-determinación de las masas es el momento al que debieran dirigirse los esfuerzos para que la democracia gane sustancia y no verbo.

     Pero la autodeterminación de las masas, y diríamos aquí, mejor, de los pueblos, es uno de los rasgos claves para entender el presente de un proyecto de cambio que no se impone desde el pasado, sino que se ofrece como posibilidad cierta de futuro. Va ligado con lo que otro pensador planteara como “principio esperanza”, con dos vertientes de actuación de los pueblos en su autodeterminación y que su autor, Marc Bloch estableció como las respuestas del “no” y del “todavía no”. Esto es que, “la sociedad del no” es referencia de impulsar el cambio porque ya no se desea volver atrás, a lo que ya no responde a las expectativas amplias de lo social; y “la sociedad del todavía no”, como referencia de que se requiere profundizar lo avanzado para ir al futuro de cada vez mejores condiciones. Todo esto es lo que está ausente, o por lo menos no tan consistente, en algunas sociedades latinoamericanas, en las que se pasa por alto la capacidad de autodeterminación de los pueblos y, como consecuencia, la comisión de actos como el señalado al inicio de estos comentarios y que hoy son condenables por propios y extraños.