El jueves diecinueve de septiembre de mil novecientos ochenta y cinco regresé a mi casa a las diez de la mañana, terminadas mis clases en la Facultad de Derecho, a la que acaba de ingresar como alumno; encendí la televisión y pude ver imágenes impresionantes de lo que en ese momento me pareció era alguna nota que venía de oriente medio dando cuenta de algún bombardeo o de algún escenario similar de guerra.
Por fallas en la transmisión solo se veía la imagen pero no había volumen y los cintillos visibles solo hablaban de destrucción y desolación cuando, de pronto pude identificar algunas construcciones conocidas y me di cuenta que lo que yo tenía en la pantalla era la Ciudad de México y esa devastación ocurría en la capital de nuestro país.
Lo que vino después todos lo sabemos: muestras de solidaridad de todos con todos para ayudar en las labores de rescate, para mandar ayuda desde los recónditos los rincones de México para apoyar a quienes habían sufrido las consecuencias de la furia de la naturaleza.
También se tuvo conciencia, desde entonces, de la necesidad de tomar en cuenta la cultura de la protección civil.
Desde que yo era niño y más en aquel mil novecientos ochenta y cinco, se decía que San Luis Potosí era una zona asísmica. Se decía que algunas personas extremadamente sensibles habían percibido algún cierto malestar en el momento del terremoto pero que San Luis Potosí nunca correría el riesgo de que este tipo de fenómenos naturales se sintieran.
Ahora después de que recientemente se percibieron algunos movimientos telúricos en nuestra ciudad, salieron los expertos a decirnos que San Luis Potosí siempre ha sido zona sísmica, aunque de baja intensidad pero que, por supuesto, hemos tenido el riesgo desde siempre de sentir temblar la tierra.
Si acaso en San Luis Potosí siempre ha existido esa posibilidad, valdría la pena preguntar a los encargados de protección civil y del desarrollo urbano cómo han planeado nuestra ciudad desde esa perspectiva.
La Ciudad de México, luego del terremoto de veintiocho de julio de mil novecientos cincuenta y siete, en el que cayó el Ángel de la Independencia y de ese lamentable suceso de mil novecientos ochenta y cinco o posteriores, como en diecinueve de septiembre de dos mil diecisiete, ha tenido conciencia de la necesidad de esa cultura de protección civil, lo que ha permeado al resto del país…. a medias.
Cómo cada año al recordar, aquellos eventos y otros menores que se han presentado, se hacen simulacros en todo México para enseñar a la ciudadanía a enfrentar el momento de crisis o. por lo menos, deberían hacerse.
Mientras escribo esta columna escucho en la radio la sirena de alerta en la Ciudad de México, justamente en esta simulación en la que se suspenden actividades y la gente actúa como si la tierra se abriera, aprendiendo a sobrevivir. Se trata de un simulacro nacional pero, en San Luis Potosí, zona sísmica de siempre según nos dicen, a esta hora no hay sirenas, no hay alertas, no hay nadie saliendo de sus casas y almacenando en su mente como salir caminando del desastre.
¿Dónde está la educación que nos forme a los ciudadanos en conocimiento certeros de precaución propia para prevenir una tragedia de esta naturaleza, saber primeros auxilios y el cómo cada uno de nosotros podemos convertirnos en un agente de salvación para el resto? ¿Cuántos de nuestros altos edificios hoy en día en esta ciudad tolerarían una sacudida que, por menor que sea, resiente los materiales poco a poco?
La protección civil es una obligación a cargo de las autoridades pero que corre por cuenta de los ciudadanos, pues somos nosotros quienes nos convertimos en los agentes activos de la precaución, de la cautela y del saber enfrentar las consecuencias de fenómenos previsibles o por lo menos posibles, de tal manera que garanticemos nuestra vida e integridad propias y, si podemos, la de los demás.
Muchas personas dieron cuenta de haber sentido el movimiento de tierra en San Luis Potosí hace unas semanas pero, no me queda claro si las autoridades lo hicieron. No me queda claro si un simulacro para aprender a salir a la calle sea suficiente para salvar vidas. No me queda claro si, como en muchas otras cosas, en México o, por lo menos en el Estado, también para la protección civil tenemos que ser autodidactas.
@jchessal