Bálsamos

Esa luz que generan la pintura, la música o la arquitectura, como podría pensarse, no es tan distante a la que produce la emoción de disfrutar un gran vino o presenciar una faena artística. Sin embargo, no podemos encontrar uno de ellos disponible para su cata en un museo o en una glorieta, ni abundan los festejos taurinos asequibles. Desde hace muchos años un concierto o una puesta en escena son accesibles a la mayoría; presenciar la verdadera obra cinematográfica cuesta menos que asistir al gran éxito comercial; la poesía casi siempre se regala y la invitación dancística tiene sus espacios también alcanzables: el que desea mojar sus zapatos de cultura puede a menudo dejarse salpicar por lo que rocían las fuentes gratuitas que ocupan nuestras plazas públicas.

Desgraciadamente, en el vino y en el toro, la obra que conmueve suele ser patrimonio de quien puede costearlo (o del que tiene la suerte de estar cerca de quien puede). No son productos culturales democráticos. Son exclusivos, por lo tanto, antipáticos. La sofisticación es tanto privilegio de la decadencia como el arte es fruto de la opulencia, al menos en cuanto a que la saciedad llega con el regalo de la tregua: cuando está llena la barriga de los hijos nos queda tiempo para pensar, para crear… también para observar o explorar. Imagino que luego de un debate intenso, lo que la especie humana elegiría esgrimir ante su hipotético aniquilador para convencerlo de su mérito universal —o para lucirse ante un supuesto nuevo amigo extraterrestre— sería la pureza de su espíritu creativo, el mismo que generó el concepto del amor, o del sacrificio, el mismo espíritu que ha ido forjando la historia de la cultura. 

El refinamiento es una búsqueda inmemorial: me gusta pensar que la belleza —en su sentido más amplio— es una de las pocas cosas que puede ordenarnos el universo. Es posible que tú, caro lector, consideres que —en el mejor de los casos— es un disparate proponer que el jugo fermentado de la uva tiene lugar en un escarceo sobre estética o que puede dar sentido a nuestra existencia. Si este es tu caso no voy a contradecirte, te sugiero que pongas en el lugar del vino la última faena grande que viste, quizás así estas ideas encuentren pertinencia.

La cuestión es que cuando se está cerca de almas lujosas, la fortuna siente ganas de presumir: una vertical de las primeras cuatro añadas de Pozo de Luna Syrah, incluida la 2013, cosecha mítica en toda su plenitud, es una experiencia a la que, platónicamente, tanto el crítico como el aficionado, o el interesado, deberían tener derecho a presentarse: hacer fila para pasar frente a las copas, al menos olfatearlas, estremecerse, comprar un souvenir o sacarse una foto. Nadie puede llevarse a su casa Las meninas pero su exhibición contribuye a su carácter referencial.

Se desmarca a menudo el hombre de la perfección: es soberbia. A su producto, sin embargo, se le permite hablar más libremente de su genio. El único “defecto” que encontramos en las añadas 2014, 2015 y 2016 es que su esfera arquetípica estaba dibujada antes por su hermano más viejo: para hallar los pixeles menos definidos en estos soberbios ejemplos de vino mexicano hay que hacer un zoom de relojero, el orfebre que los delineó seguramente tiene un pacto mágico con la tierra, con el sol y con el agua.

Definir esa particular botella de Pozo de Luna 2013, hacer una nota de cata en los términos tradicionales, hubiera sido como tratar de explicar en cuatro palabras El Quijote o la Gran Misa de Bach. Digamos que su excelencia absoluta radicó en su edad, que la pulió hasta el grado máximo, y en tres virtudes notables: la definición de sus elementos (cromáticos, aromáticos, gustativos, que la hacían totalmente singular), la armonía entre ellos y la emoción que produjo al ser olfateada y bebida.

Es un bálsamo saber que si bien no puedo ser impoluto ni soy capaz de crear algo impecable, el espíritu humano unido al de la tierra, ya sea toro, ya sea viña, puede ofrecernos de vez en cuando —a través de sus manifestaciones morales, espirituales y estéticas— sorbos de belleza y de perfección.

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