Faltarían unos dos años para que terminara la carrera y yo ya necesitaba ver que lo que estudiaba iba a servir para algo. Había acomodado mi horario de manera que tomaba clase de siete a nueve de la mañana y luego toda la tarde para poder trabajar por las mañanas.
Era una chavita sin experiencia y en aquél entonces creía que mi vida profesional tendría siempre que ver con la impartición de la justicia y el Derecho Penal. Hacía relativamente poco se había cerrado un sonado caso criminal donde el inculpado había sido exonerado y el abogado defensor había sido Juan Carlos Barrón Lechuga.
Yo lo conocía de oídas: era maestro en la Facultad y sabía que mientras estudiaba
la carrera, había sido cuate de mis papás, especialmente de mi mamá. Pensé que su despacho era un buen lugar para empezar y le pedí a mi mamá que me lo presentara. Me acuerdo con detalle del día que fuimos a verlo a su despacho en la calle de Cinco de Mayo, a unas cuadras de Palacio de Gobierno y a lado del Edificio de Telmex.
Nos recibió en su privado, con un escritorio de madera muy grande y él con una corbata color verde bandera a franjas. Me cayó bien desde que nos dio la bienvenida: jovial, simpático. Me contó anécdotas de sus épocas universitarias y creo que no hubo necesidad de pedirle que me aceptara como pasante: al otro día ya estaba yo ahí, con cara de chivo prieto en corral ajeno.
Él me acogió bajo su ala. Me llevó a la los juzgados penales, que en aquél entonces estaban en la Calzada de Guadalupe, donde ahora es el Centro de las Artes. Me enseñó a checar las listas de los juzgados y a ver que siempre cuando las cosas se piden amablemente y con simpatía por el trabajo de los demás, se logra lo doble de lo esperado.
En una de esas primeras visitas estábamos checando un acuerdo de esos largos como la carretera 57.
En aquél entonces, los acuerdos del día se imprimían y se ponían en la puerta de los juzgados que los emitían y se dejaban las hojas ahí, hasta que cerraban, para que uno los escribiera.
Él me dictaba, yo apuntaba el acuerdo. No acabábamos. Entonces me dijo: “-No vamos a acabar nunca. Róbate la lista”- Yo, ni tarda ni perezosa, arranqué las hojas, me las guardé entre la ropa y salimos los dos muy discretos hacia la calle. Cuando nos subimos a su carro nos moríamos de la risa. Se nos salieron las lágrimas. “-¡Ahh canija muchacha!”- me dijo.
Trabajé con Barrón poco más de un año, hasta que él mismo me alentó a buscar un trabajo donde me pagaran mejor. Me dijo que me iría bien, que estaría al pendiente de mí y que un día nos encontraríamos como maestros en la Facultad. A mí me sonó todo aquello tan lejano, que creí que era imposible, pero deseé que su boca fuera de profeta.
Con el paso de los años, nos encontramos de cuando en cuando. Siempre lo
saludé con un sonoro “-¡Jefeciiiito!”- y él me respondía con un “-Che muchacha, me dices Jefecito, no por cariño, sino por chaparro-“ Como si yo fuera alta… Lo invitamos a nuestra boda y ahí estuvo, jolgorioso como siempre. Me habló para felicitarme por cada logro que tuve y yo fui a visitarlo al paso de los años varias veces, cuando necesité consejo.
Mi primer año como maestra en Leyes lo busqué y le recordé aquella plática cuando dejé de trabajar con él. Se pavoneó y me dijo “-¿Ya ves? Siempre he tenido buen ojo-“. Creo que su boca, sí fue de profeta.
Me preparaba para escribir la columna semanal, cuando me enteré que mi jefecito ha muerto. Se me fue el canijo sin despedirnos y a mí me inunda la tristeza. Barrón me enseñó que el profesionalismo no está peleado con la diversión, que el buen humor es síntoma de inteligencia y que la cortesía derriba murallas. Donde quiera que esté, seguro anda sonsacando a alguien para que se robe las listas de acuerdo. No podría esperar menos de Barrón, mi jefecito querido.
Envío: con todo cariño, a la familia Barrón Cerda. Un abrazo que en algo alivie su dolor.