Batallas fraternales

Las peleas más épicas de mi vida, las tuve contra mi hermana, cuando éramos niñas. Nos dimos varias deschongadas de las buenas. Ella ganó algunas veces y yo otras. A veces ella tenía razón, otras yo. No quiero entrar en detalles, pero déjeme le digo que ambas teníamos la mano pesadita. Cualquiera que haya crecido entre hermanos me entenderá: no hay mejor manera de medir fuerzas, que contra un hermano.

Los hermanos nos ponen en un plano de igualdad. Frente a ellos tenemos la más plena conciencia de saber con cuántas canicas contamos, y cuántas canicas tiene nuestro oponente. Los hermanos conocen mejor que nadie al contrincante: saben la prenda más preciada, el secreto más oscuro, la palabra exacta para herirnos justo en la yugular. Ante la superioridad de los padres, quizá llegue un momento donde lo mejor sea quedarse callado. Ellos llevan ventaja, sus recursos son ilimitados, son más poderosos.  Frente a un hermano ocurre exactamente lo contrario: se puede soltar toda una diatriba que comience con el primer rencor, aquél que ocurrió cuando los padres no nos hicieron caso porque tenían que cambiarle el pañal al nuevo bebé, y seguirse de corridito documentando cada año, hasta llegar al pantalón favorito que en la Universidad se tomó sin permiso. 

No hay nada mejor que un hermano para aprender a negociar, porque después de encarnizada batalla fraternal, invariablemente hay que convocar a la parte a la mesa de la cocina para acordar a quién le toca llevarse el carro esa noche, cuidar al hermanito pequeño, sacar la basura o buscar un frente común contra los padres. Entonces, las disputas quedan atrás y, ni hablar: los hermanos se vuelven aliados. 

En estos días vi un video en una red social: una niña pequeña estaba a punto de soplar las velas de su pastel de cumpleaños cuando otra se le adelanta sopla primero. La que se adelanta hace cara de autosuficiencia y la cumpleañera se le echa encima. Después, me enteré que las chavitas son hermanas. Me sentí identificada. Sin embargo, de las peleas que tuve con mi hermana, ninguna quedó documentada. Tampoco ninguna salió del los metros cuadrados de la casa de mis papás. Sentí alivio. ¡Alabado sea el universo por habernos puesto en una época donde lo único que había, eran cámaras con rollo y nadie tenía redes sociales!

A uno puede o no causarle gracia al video de las chavitas. Francamente, nunca me interesó el papel de censor de la moralidad colectiva. Si los papás o quien sea,  haya encontrado facilidad en subirlo a una red social, tampoco me compete. Estoy segura, eso sí, que jamás calcularon que el video iba a alcanzar más de 400,000  vistas, ni que a partir de ellas se generarían incontables memes con la imagen de ambas pequeñas.  A estas alturas, nadie, nunca, puede calcular el impacto de soltar al mundo una imagen, un video o un audio. Casi de manera inexplicable, cobran vida propia. No hay manera de revertir sus efectos ni de hacerlos desaparecer. Comencé a leer entonces los debates en torno al video de cumpleaños y genuinamente, se los aseguro, me preocupé por ese par de niñitas: a una no la bajaban de maldita y a la otra de histérica. Y me acordé de mi hermana y de mi. Y de ustedes y sus hermanos. Y  la piel se me puso chinita cuando pensé en mis  hijos, que a veces se pelean como gallos en palenque. Ellos sí son de esta generación que graba y difunde como si fuera condición sine qua non para vivir. Sentí pena por ambas niñas, que ahora tienen una fama que ni buscaron y que seguramente tampoco entienden. Su imagen rondará por un buen rato sin nada que pueda hacerse para no las reconozcan en la calle. Espero que ellas sean resilientes y que sus padres, o los adultos a su alrededor sepan protegerlas para hacerles ver que ellas son mucho más que un meme o mucho más que un mal momento que quedó grabado. Confío que la hermandad  haga su trabajo y que el universo las aleje por un buen rato de las cámaras.