Haré una confesión: nunca había pasado de las primeras páginas cuando intentaba leer El Principito. Así que decidí aprovechar una de esas noches en las que el sueño se tarda en llevarme, para “leer” -en audio libro- esta obra tan citada por tantos y tantos.
Me acuerdo que cuando alguien hablaba de ese libro, lo único que recordaba eran los dibujos y la sensación de un piloto encallado en algún desierto, sorprendido con la presencia de una criatura inusualmente vestida y con preguntas y respuestas incongruentes con la edad que parecía tener.
Así que nunca tuve una opinión sobre la ternura del personaje principal ni sobre sus dibujos que, aunque recordaba -sobretodo el del sombrero que no es un sombrero-, no podía decir nada más pues se me escapaba la trama.
Recuerdo recordar que era un niño extraño que venía y vivía en un planeta extraño y muy pequeño, cuya única pertenencia era una rosa. Sí, una flor altiva y orgullosa de ser única “en su planeta”. La diminuta majestad se había acercado al accidentado piloto para pedirle que le dibujara un borrego. Éste, sorprendido de encontrar a alguien -un niño y solo- en medio del desierto y, atribulado por la avería de su avión, reaccionaba sin ponerle mucha atención, pero al mimo tiempo intrigado por su presencia.
Habría que agregar que el autor nos había informado en los primeros párrafos, las frustradas experiencias del piloto con sus dibujos infantiles de tal forma que, no se sentía muy cómodo en esta situación.
Extrañamente el audiolibro no me arrulló a las primeras de cambios y logré llegar al final “sana, salva y despierta”. Al fin sabía porqué algunas personas, podían a la menor provocación, evocar las frases, los dibujos, la rosa, el borrego o los baobabs con ese tono entre romántico y filosófico, que en ocasiones me provocaba cierta aversión.
En pocas páginas y aproximadamente unos noventa minutos recorrí varios planetas junto a este carismático personaje. Me imaginé junto al farolero, admirando a la rosa, bajo un baoba, conversando con el borracho o cuidando al borrego, al que llegué a conocer en mi imaginación permitiendo que olvidara felizmente mi insomnio.
Siendo sincera, pensé que Saint Exupery me resultaría fuera de mi tiempo y confesaré por segunda ocasión aquí, que terminé tan conmovida como el piloto.
A veces creo que la pandemia nos colocó en un cambio de era; que vivimos esta experiencia sin aún poderla procesar poniendo nuestra sensibilidad en el borde. Por ello agradezco la existencia de estos autores cargados de sencillez y profundidad que hacen posible que nos podamos conectar con lo mucho o poco que nos queda de humanos.