En estos tiempos donde tanto se habla sobre Inteligencia Artificial, propongo que hablemos también, y en igual medida, sobre la estupidez humana.
Vámonos por partes y definamos el término. Para fines de esta columna, seguiré la conceptualización de Carlo M. Cipolla, que definió a una persona estúpida como “aquella que causa daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un prejuicio.” La persona estúpida actúa motivada por un impulso no mesurado ni evaluado previamente. Quizá piense que obtendrá un beneficio, pero su limitado o nulo razonamiento no le alcanza para entender que, a corto o mediano plazo, no obtendrá nada y que quizá, por lo contrario, resultará afectada de alguna forma.
La estupidez tiende a ser confundida con la maldad por quien recibe el acto estúpido “lo hizo por maldita/o” “es pura mala leche”. La estupidez no descarta las malas intenciones, sin embargo, bajo el tamiz de la racionalidad, y al momento sereno de evaluar la acción estúpida, caemos en aquello que resumió la empírica Navaja de Hanlon: “No atribuyas nunca a la malicia lo que se puede explicar adecuadamente con la estupidez” y que Heinlein sintetizó en un sencillo pero verdadero “No subestimes nunca el poder de la estupidez humana”. Puede entonces haber maldad, sí, pero usualmente es pura y llana estupidez.
Volviendo a Cipolla en The Basic Laws of Human Stupidity, la estupidez es un fenómeno asombrosamente democrático. La podemos encontrar entre ricos, pobres, altos, bajos, personas con estudios básicos o incluso entre grados superiores. La estupidez no distingue nacionalidad, credo religioso o preferencia sexual. Por eso, deberíamos de estar acostumbrados a enfrentarnos a ella en cualquier escenario; sin embargo, su poder radica en hacerse olvidar y, consecuentemente, aparece cuando menos lo esperamos y sorprendernos como si fuera la primera vez que la viéramos. Su segunda gracia reside en subestimarla: creemos que el acto estúpido pasará de largo precisamente por estúpido “¿quién cree eso?, nadie en su sano juicio” “¡Por supuesto que no va a pasar, si la gente no es tonta!” y al paso de breves minutos, nos damos cuenta de que el acto estúpido no nada más floreció, sino que también se enraizó. Por eso la estupidez es peligrosa y jamás hay que otorgarle valores menores.
De igual forma, la estupidez tiene aliados incondicionales: la ignorancia, el miedo y el hábito. Veamos antes: conocimiento suele confundirse con inteligencia. Una persona puede pasarse décadas en estudio y aun así no haber aprendido mayor cosa porque carecen de el elemento que procesa el conocimiento, es decir, de inteligencia. Así, las personas pueden ser ignorantes a pesar de haber recibido conocimientos. Según Livraghi, “una de las peores formas de ignorancia es dar por supuesto que uno sabe”, lo cual suma al estúpido la arrogancia, que combinadas llevan en ocasiones a creerse poseedores del principio de autoridad. Así el estúpido cree que duplica su fuerza porque supone que es inteligente y porque presume que su voz acarrea una especie de mandato moral que será obedecido.
A lo anterior se suma el miedo. Bien sabemos que el miedo puede ser una forma de inteligencia, ya que auxilia a medir los posibles riesgos y, consecuentemente, nos salva de afectaciones que acabarían dañándonos. Sin embargo, el miedo no mesurado también paraliza, pero eso lo dejamos para otra columna. El otro extremo de la parálisis del miedo se refiere “al engaño de creernos capaces de hacer lo que en realidad está fuera de nuestra capacidad y competencia o aquello que, en una circunstancia particular sencillamente no puede hacerse”, como lo afirma Livraghi. Entones, la persona estúpida pierde el miedo, se envalentona creyendo ser inmune a los efectos de otros poderes, de otras acciones; no mide las consecuencias, no se previene y por eso es muy posible que acabe dañada. Esto no será otra cosa mas que la consecuencia lógica de sus propias acciones, nada más.
El círculo de la estupidez comienza y termina cuando la persona estúpida asume que la gente es tonta. Ahí empieza una especie de espiral degenerativa donde la persona estúpida, ya baladronada, disminuye su capacidad de pensar, planear y contemplar el futuro y acaba convirtiendo la estupidez en una costumbre, incluso una forma de vida. Ciertamente a veces esa forma de vida es alimentada por personas al rededor, pero si algo se sabe de ese círculo vicioso, es que eventualmente alguien o algunos romperán la inercia, porque no todos son estúpidos ni actúan como tales. La estupidez tiene límites, como todo en esta vida.
Todas las personas en ciertos momentos de nuestras vidas nos comportamos como estúpidos, pero no significa que lo seamos. Por eso, hay que tener en pie siempre a la inteligencia, la curiosidad, la intuición, la creatividad, la meticulosidad y una muy buena dosis de experiencia, historia aprendida y humor. Mucho, mucho humor.
En la mitología griega, las Moiras, Atenea y Ariadna, eran las encargadas de tejer el hilo invisible que regía en destino humano. Atenea aportaba la sabiduría teórica y práctica, la reivindicación del conocimiento femenino. Ariadna, por otra parte, aportaba la visión realista del camino hacia el autoconocimiento, incluida sus propias debilidades. Ambas contribuciones hacen de este hilo un objeto indestructible.
Robert Musil escribió: “La estupidez es activa en todas direcciones y sabe disfrazarse con todos los ropajes de la verdad. La verdad, por el contrario, tiene un solo traje y un solo camino para cada ocasión y se halla siempre en desventaja”. Puede ser que Musil tuviera razón. Sin embargo, añadiríamos que ese único ropaje en desventaja está tejido con el hilo de las Moiras.