Bucle de tiempo

La tiranía de dar clases es que los maestros envejecemos, pero los y las alumnas no. Se quedan encapsulados adentro de un bucle en el tiempo, jóvenes, bellos, inquietos, inexpertos. No tienen todavía la necesidad de acostumbrarse a perder la vista perfecta y usar ahora lentes, resignarse a una cara nueva con arrugas  añadidas o  encontrar canas. Cuando comencé era casi como ellos, ahora el tiempo me separa. Les entiendo todavía porque a pesar del paso de los años, la memoria sigue funcionando y al escucharlos, se activan fibras que reviven los errores, las emociones, las esperanzas. Entonces, la distancia se acorta.

Leía hace poco un artículo en la revista Ethics sobre la llamada Generación Perdida, ese grupo de jóvenes que, en 1929, preocupaban a sus progenitores porque parecían demasiado superfluos, poco interesados en nada, con la atención puesta dos segundos en los temas, pero no más; alocados, dispersos. Casi, casi, una descripción de lo que hoy podríamos escuchar. En aquél entonces, existía  la preocupación de que esos jóvenes añoraban el dinero fácil, aquél que vinera de mágicas fuentes que no requirieran mucho trabajo. Vivían, según sus padres, de ilusiones, y auguraban un choque bestial con la dura pared de la realidad. En cierto sentido, ambas generaciones tuvieron razón. Por un lado, a los jóvenes de aquél entonces les tocó difícil: vivieron entre guerras, sumidos en una depresión económica mundial donde sobrevivir requirió mucho más que buenas intenciones. Alcanzar fama y fortuna no fueron cosa ni fácil, ni generalizada.  Hasta ahí,  podríamos decir que sus padres tuvieron razón. Sin embargo; se requirió del ingenio, el optimismo y la resiliencia de los  entonces alocados jóvenes de los veinte para poder enfrentar al mundo y reconstruirlo; volver a levantar ciudades bombardeadas, generar sistemas económicos nuevos, crear sociedades donde cada país encontrara foros respetuosos de entendimiento. A fin de cuentas, si esta generación estuvo perdida, tuvo que encontrarse y reinventar lo que quedaba para que nosotros tuviéramos presente. 

Si hay algo interesante en un salón de clase, es el optimismo mezclado con ingenuidad que a la vez está aderezado con un instinto agudo frente al conocimiento. Nadie me ha preguntado nada tan difícil como las preguntas que me han hecho en clase. Ahí se puede atestiguar la mirada de quienes por primera vez descubren algo. Hay que ser cuidadoso para no perder de vista las pupilas que se abren como paracaídas, las caras de sorpresa, los gestos de novedad y entonces uno sabe que la clase está sirviendo. Como toda primera vez, el conocimiento resulta a veces incómodo. Recuerdo que hace poco discutíamos los fundamentos de la argumentación y para ello, hablábamos de diferentes tipos de falacia. Durante dos clases una alumna, particularmente participativa, había permanecido callada, aunque podía notarse que estaba poniendo atención. Para el tercer día levantó la mano. Comenzó explicándome (los demás no lo necesitaban) la cultura de la cancelación, esa que en su generación es tan popular y que consiste, palabras más, palabras menos, en ignorar olímpicamente a alguien o a algo. No se habla, se cancela. No se discute el tema, se trata como si no existiera y listo. Al escuchar dos días sobre las falsas argumentaciones y las razones argumentales, le había explotado la cabeza: “-Entonces, doctora, la cosa que estoy entendiendo, es que la cultura de la cancelación es completamente contraria a cualquier discusión en donde se argumente, a cualquier paso que se de para negociar o a cualquier razón que queramos dar para defender a nuestros clientes, juzgar o lo que sea-“ “-Pues sí, pequeño saltamontes-“ y tuve que explicar eso de “pequeño saltamontes” mientras me invadía la placentera sensación de tener un propósito en esta vida.

Para eso sirven los bucles de tiempo en que se convierten los salones de clase: para enseñarnos las primeras veces, recordar nuestras limitaciones y saber que el conocimiento es atemporal, perfecto y eterno.