Cabezas pequeñas

Ha caído en desuso, pero hace poco volví a escuchar dicho por una mujer de esas a las que les brota lo inteligente aunque no quieran, que me explicaba lo complicado que ha sido sobrevivir por varios años en el servicio público: “-Y es que tú sabes, Yola, que siguen pensando lo mismo: que mujer que sabe latín, ni tiene marido, ni tiene buen fin.”-  Y añadió: -“La parte del marido, la logré hace ya rato, pero la del buen fin, pues quién sabe.”- El tono de sorna con que hizo el comentario me hizo establecer en el instante una conexión de esas que sólo se logran una vez  y con perfectos desconocidos. La entendí bien, y ella a mí. Recordé entonces que en el libro Curiosidades y Anécdotas de la Historia de México, publicado por la Universidad Autónoma Metropolitana en el 2013, se rescataba una anécdota donde se hablaba sobre el impulso que se trató de dar a la educación para las mujeres durante el siglo XIX. Se creía que era necesario que las mujeres fuesen mejor instruidas, pero se debatía constantemente sobre qué cosas eran apropiadas para que ellas aprendieran. Así, había quienes pensaban que todo lo que se enseñaba a los hombres era adecuado; pero la gran mayoría creía lo contrario: a las mujeres habría que educarlas en matemáticas y lectoescritura básica, instrumentos musicales, ciertas artes y algunos oficios. Así, el 31 de diciembre de 1850, cierto periódico publicó lo siguiente: 

“…El espíritu de las mujeres es diferente que el de los varones y esto puede provenir de la pequeñez de su cabeza, de su debilidad natural del trabajo que toma en su compostura para aumentar sus atractivos, la coquetería y la continua cortesía… es cierto que su inteligencia es inferior a la nuestra ¡Nadie duda que tienen menos memoria que nosotros! Repiten hermosas canciones, sus piadosas devociones, pero no retendrían la décima parte de una ciencia de nomenclatura como la botánica… ni de raciocinio como el derecho y la medicina…”

Quién sabe qué pensarían los autores si supieran que según el INEGI, el 52% de la población del país somos mujeres. Nosotras representamos 4 de cada 10 personas que conforman la Población Económicamente activa. Hay alrededor de 1.6 millones de establecimientos propiedad de mujeres que dan empleo a 2.9 millones de personas.  En promedio, los y las mexicanos estudiamos 9.7 años, pero en nosotras, los años de estudio se disminuyen a 9.6, mientras que ellos estudian 9.8 años. Durante el ciclo escolar pasado, en educación básica hubo más hombres que mujeres (50.7% hombres), pero conforme va ascendiendo el nivel escolar, el porcentaje de mujeres se incrementa. Así, en educación media superior, el 51% fueron mujeres y ya en educación superior hubo también mayor número de mujeres inscritas, con 50.8%, una ligera mayoría. De igual forma, la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior(ANUIES) reportó que al inicio del ciclo escolar 2019-2020, la matrícula inscrita en el nivel superior fue de 4 931 200 personas, de las cuales 51.5% fueron  mujeres y 48.5%  hombres. Nada mal, para tener cabezas pequeñas.

Lo triste viene cuando se analizan los datos relativos a la brecha salarial entre hombres y mujeres, pero esa, es otra historia. La cuestión es que si bien es cierto ya son pocas las personas que públicamente se atreverían a apoyar aquello escrito a mediados del siglo XIX,  lo cierto es que a pesar de los datos que las propias fuentes oficiales muestran, hay todavía en ciertos grupos una percepción no necesariamente positiva con respecto a las mujeres que estudian y que posteriormente ejercen su profesión o bien se integran al mercado laboral en diferentes áreas. Sigue habiendo campos percibidos como masculinos donde suelen abundar estigmas que minimizan las labores de la mujer y se generan ambientes poco propicios para que se desarrollen. Hay áreas que luchan para conservarse como un gran Club de Toby. 

Los avances de las mujeres en los campos educativo y laboral son, en definitiva, palpables. Sin embargo, palpables son también esas cabezas pequeñas, que todavía juegan a que están en el siglo XIX.