Han arrancado ya las campañas electorales a puestos de elección popular locales, con lo cual ya tenemos el panorama completo de lo que es y será este proceso para la renovación de una serie de cargos de elección popular, Presidencia de la República incluida. Si bien la propaganda de las elecciones federales ya ensuciaba las ciudades y enrarecía el aire, ahora ya no falta nadie ni nada: esto se pondrá peor.
Si tuviera que elegir la manera de definir una campaña electoral a partir de una observación empírica de nuestro querido país, tendría que decir que consiste en una serie de actos de soberbia mediante los cuales un candidato trata de dar las razones por las cuales debemos entender, más allá de toda duda, que él y solo él es el salvador de la patria, adalid de los valores nacionales y faro custodio del bien de los ciudadanos frente a esa lista de sinvergüenzas incapaces que le tratan de pelear el triunfo.
Porque, véalo usted, hay una ausencia plena de propuestas claras, congruentes, realizables, donde los qué y los cómo vayan de la mano. Por el contrario, solo escuchamos lugares comunes, generalidades, buenas (?) intenciones, palabras al vuelo, ocurrencias y hasta desvaríos de la razón.
Si acaso todos los candidatos presidenciales fueran realmente personas confiables y, por lo mismo, hubiera alguna razón para creerles, hoy tendríamos que estar convencidos que Ricardo Anaya es un corrupto ladrón; Andrés Manuel un alucinado mesías tropical mitómano, afectado de sus facultades; José Antonio Meade un títere carente de voluntad propia movido por fuerzas obscuras; Margarita Zavala una inútil, sin idea de lo que pasa a su alrededor y que Jaime Rodríguez, “el bronco”, es un aventurero sinvergüenza capaz de pillería y media. Y todo esto porque es lo que nos han querido comunicar unos de otros.
¿Tuvo la oportunidad de ver el debate entre los candidatos presidenciales? ¿Coincide conmigo que eso fue todo, menos un debate?
De acuerdo con el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia, un debate es discutir un tema con opiniones diferentes, en tanto que “discutir” es definido como contender y alegar razones contra el parecer de alguien. ¿Usted escuchó algo parecido a eso? Yo no… ¡y faltan dos más!
Y a nivel de campañas locales, no pinta mejor la cosa.
Lo cierto es que, de aquí al 27 de junio próximo, veremos hasta la saciedad caras sonrientes (modificadas digitalmente) en espectaculares, carteles, anuncios de televisión y un largo etcétera, tratando de convencernos de que son lo mejor de lo mejor, nuestra última oportunidad de salir adelante; escucharemos discursos, entrevistas, spots en medios electrónicos, donde cada candidato nos intentará convencer de lo nefastos, viles, rastreros y canallas que son sus contrarios y como él (o ella) son lo que tanto estábamos esperando para, por fin, lograr la salvación de nosotros y nuestras familias. Todo esto nos lo traerán candidatos, personeros, voceros y convencidos de cada uno de ellos, por lo que, al final, en la soledad de la urna electoral, tendremos que decidir cual es el sinvergüenza menos peor.
Si los votantes fueran a la urna y emitieran su sufragio solo por quien le convenza de ser el mejor, con argumentos, razones y propuestas, sin apasionamientos ni subjetividades de amor o de odio, no sé qué haría la autoridad electoral con tantos votos en blanco.
Termino con dos cuestiones: en primer lugar, si gusta de un buen libro, lea el “Ensayo sobre la lucidez”, escrito por José Saramago, donde se narra las vicisitudes de un proceso electoral bastante peculiar.
En segundo término, dejo constancia de mi solidaridad y condolencia por la partida, demasiado prematura, de Guillermo Aldrett, Presidente de Industriales Potosinos (IPAC), persona congruente y convencido de sus ideales, un líder empresarial como pocos, pero, sobre todo, un excelente ser humano y buen amigo. ¡Qué falta hacen personas como Guillermo, que falta nos hará Guillermo!
@jchessal