Cantando paz, tocando tierra

La Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU), instituyó el 21 de septiembre de 1981 como el Día Internacional de la Paz, mediante la resolución 36/67, con el propósito de fomentar la solidaridad global y la cultura del diálogo frente al odio y la discriminación. Sin duda, la construcción de la paz es uno de los retos más formidables que tiene la humanidad, sea de manera personal o colectiva, porque se trata de un proceso siempre inacabado para enfrentar el conflicto social, toda vez que éste último es inherente a la naturaleza organizativa de toda comunidad, pero buscando que la paz sea lo más estable y duradera posible. 

Ese objetivo de que la paz sea lo más duradera posible se inspira, de alguna manera, en lo que Immanuel Kant formuló en 1795 como el postulado de la “paz perpetua” entre las naciones, como una tarea siempre presente y cotidiana de inhibir la guerra. Postular la paz, entonces, es como una suerte de compromiso ineludible en el tiempo, no únicamente consigo mismo sino, sobre todo con la comunidad. ¿Por qué la paz es un postulado? Porque es una proposición que, por su mera evocación se acepta como verdadera sin necesidad de mayor demostración en sentido lógico; esto es, que la paz nos indica siempre una condición de bienestar material y emocional que no se reduce al disfrute personal sino en interacción con los demás, como tampoco se reduce a la simple ausencia de conflicto, sino al cada vez más amplio ejercicio de los derechos que posibilitan una vida digna para los más.

La paz es, pues, un valor que contiene la idea fuerza del bien-estar que, a su vez, impulsa acciones orientadas por principios de integración social para que los más débiles y vulnerables accedan a esa condición de vivir y ser libres en la dignidad. En sentido histórico, es una lucha permanente por desterrar, por ejemplo, el clasismo económico que, por definición, descansa en la asimetría de ingresos entre la población. Postular la paz, aparece, entonces, como una suerte de compromiso personal y social para avanzar en la convivencia comunitaria, una especie de apostolado, de convicción que, empero, no debe implicar sacrificios vanos; por el contrario, debe contar con una disposición optimista que sea contagiosa para que la voluntad social, en efecto, sea de todos, como hace mucho tiempo lo planteara Rousseau para evitar que la humanidad, a pesar de la libertad, permaneciera encadenada por todas partes.

Sabido es que no basta con la igualdad formal de todas y todos ante la ley, sino que se requiere de una igualdad sustantiva para que las condiciones de vida digna sean más que una oportunidad cada cierto tiempo, para lograr el aterrizaje cotidiano del ejercicio pleno de los derechos en todos los ámbitos de las relaciones sociales y comunitarias. Esto conlleva a que la construcción de la paz sea un ejercicio anclado en una ética de la transformación institucional que, venturosamente, se lleva a cabo desde 2018 con la Cuarta Transformación. Por primera vez se puede apreciar un gobierno que postula la construcción de la paz de manera positiva, yendo a las causas que generan la violencia en sus diversas manifestaciones, sobre todo para cambiar las de carácter estructural que gobiernos de orientación neoliberal impusieron de manera irracional. Hoy, con propuestas de integración comunitaria plenas, que reivindican los derechos de los más vulnerables, se puede asumir que se va por nuestro país, cantando paz y tocando tierra.