Proporcional al incremento en la cifra de contagiados por covid es el decrecimiento de la popularidad de Enrique Galindo, alcalde de la capital potosina. A diferencia de su antecesor, Xavier Nava, quien logró mantenerse posicionado al menos durante los primeros seis meses de su gestión, Galindo ha comenzado a entrar en un periodo de desgaste y ni el (al igual que Nava) desmedido culto a su persona emprendido en redes sociales, logra modificar en su beneficio la percepción de la ciudadanía.
El señalar al alcalde como uno de los corresponsables del incremento de covid en la capital puede pasar desapercibido; los potosinos gozaron y disfrutaron del jolgorio navideño, ejercer un reclamo por haber fomentado los tumultos resulta ocioso. Alguna culpa tiene en ese sentido pero se la dispensan, en lo que no puede haber evasión es en la responsabilidad de la inseguridad que se vive en la capital y del lamentable estado del primer cuadro.
Similar al gabinete estatal el municipal parece uno de improvisados; no en la trayectoria, desde luego, pues la mayoría fueron sacados de la recicladora priísta, pero en la práctica y el desempeño no ofrecen resultados perceptibles o, de plano, no hacen nada. Más aún, al igual que al gobernador, la piel les resultó sensible a la crítica tanto a él como a sus colaboradores; no es indicador obviamente pero sí un reflejo de personalidades, el cómo la persona encargada de manejar sus redes sociales silencia, bloquea detractores, y oculta reclamos que pudieran empañar la imagen del alcalde.
También de manera coincidente, o quizá por mera casualidad, ha anunciado rumbosamente nuevos vehículos que como sofisticadas patrullas entrarán en función en breve. El problema es, cosa que resulta curioso siendo un súper policía, que aunque las patrullas sean de última generación, los encargados de tripularlas y velar por nuestra seguridad siguen siendo los mismos de antes.
Algo sí marca diferencia entre el gobierno estatal y el municipal, mientras aquel ya comenzó con cambios en su gabinete, éste se empeña en mantener a sus colaboradores aunque no sirvan más que para generarle problemas o menoscabos al erario municipal. Tomándose como ejemplo manifestado en las instalaciones navideñas (en las que las municipales superaron con creces a las estatales), Galindo debería actuar con toda discreción y bajo perfil, para después sorprender con los resultados, y no como lo viene haciendo, promocionarse hasta el ditirambo para después mostrarse nugatorio.
Por otro lado, al igual que la inseguridad, el covid va a en incremento. Olvidémonos ya de las pasadas responsabilidades decembrinas, en el presente las instancias gubernamentales no actúan con la firmeza que se requiere en la materia. Habrá quienes digan, defendiendo la estrategia de privilegiar lo económico sobre lo sanitario, que considerando que la actual variante es menos agresiva no resulta conveniente comenzar a asfixiar de nuevo a la ciudadanía. Puede ser que tengan razón: no hay necesidad de asfixiarla, ella comenzará a asfixiarse cuando venga de nuevo la saturación de hospitales.
Ignoro dónde sería posible conseguir y distribuir buenas dosis de sentido común entre autoridades y ciudadanía, pero es más que evidente que el regreso a las escuelas debe aplazarse lo más posible y, elemental, evitar a como dé lugar las aglomeraciones en actividades de todo tipo, incluida la Procesión del silencio (y la entrega de doctorados honoris causa).
Por cierto, es laudable que la UASLP haya decidido otorgar un doctorado honoris causa al rector de la UNAM, Enrique Graue (sí, sí, sí, el gran defensor de la autonomía universitaria frente al troglodita de López Obrador), pero se continúa con la visión mezquina y sensacionalista (iniciada y explotada hasta el hartazgo por el ignorante de su antepenúltimo rector) de galardonar a renombrados foráneos y no a los locales, para enaltecer a la propia casa. Viene al caso recordar que cuando el Consejo Directivo Universitario acordó entregar un reconocimiento del mismo nivel a Mario Vargas Llosa (otro de los tantos que ha recibido y que seguro no le significó nada), sólo hubo dos votos opuestos: el de Jesús Noyola y Jorge Mirabal, entonces directores de las facultades de Medicina y Ciencias de la Comunicación, respectivamente. Había entonces capacidad crítica.
Gracias por la lectura. Hay que vacunarse si todavía no lo hacen, en memoria y homenaje a aquellos que no pudieron y ya no están.