“La verdadera generosidad
hacia el futuro consiste en entregarlo todo al presente”.
Albert Camus
Dicen que segundas partes nunca fueron buenas, frase-cliché que aplica para el cine… ¿o también en la política?
Gilberto Giménez (1989), dice que el discurso político es aquel “producido dentro de la escena política, al interior de los aparatos donde se desarrolla explícitamente el juego del poder: el discurso presidencial, ministerial o parlamentario, el discurso electoral, el de los partidos políticos, el de la prensa política especializada, el emitido en ciertos momentos por los medios de comunicación y, en algunos casos, el discurso de la magistratura, el del ejército y el de la policía”.
Este discurso se traduce en textos producidos por o para los actores. Puede ser escrito -libros, artículos, folletos, documentos-, u oral -discursos, entrevistas, comentarios de radio y televisión-. “Material visual como fotografías, películas y programas de televisión son alternativas de texto que permite reconstruir la manera en que los individuos ven acontecimientos, a otros individuos, a ellos mismos, y al mundo en general”.
El término política entendido como “la lucha entre discursos por alcanzar hegemonía” (Peschard, 2012) le da sentido a lo anterior.
Cualquier coyuntura o debate en la esfera pública observa “el planteamiento de diversas argumentaciones contrapuestas entre sí y que tienen por objetivo dominar o vencer al resto”. El discurso puede aparecer en los medios de comunicación, en el Congreso, en una asamblea estudiantil, de vecinos o de sindicatos.
Sin embargo, tanto en la esfera pública, privada, como en la política, estamos perdiendo el poder del uso argumentativo de las palabras. Simplificamos, por no decir, empobrecemos a pasos agigantados, el discurso y el debate razonado.
Giovanni Sartori aseveró que “nuestras sociedades contemporáneas observan un alejamiento de las grafías y del lenguaje escrito… sustituido cada vez más por el empleo de las imágenes, de tal suerte que las razones pierden importancia frente a la reiterada apelación a las emociones”.
Un claro ejemplo de esta afirmación es el encabezado publicado por un diario de circulación nacional: “Ebrard se dice leal a AMLO… y lanza ultimátum a Morena” (MILENIO, septiembre 12, 2023). La emoción ganó a la razón, según este medio.
También existe el abuso del lenguaje retórico en el discurso político, el debate, la publicidad y escritos persuasivos que cada vez convencen, informan o emocionan menos a la ciudadanía: “Potosí -riqueza o abundancia- para los potosinos”.
El exagerado empleo del lenguaje técnico o anglicismos, especialmente cuando se habla de políticas en la administración pública, queriendo hacer notar dominio del tema, únicamente ha provocado desinterés de la ciudadanía.
Un botón de muestra: “En semanas pasadas, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) dio a conocer cifras sobre la medición multidimensional de la pobreza en México” (El Financiero, septiembre 12, 2023).
Con ojo crítico, noto que de un tiempo a la fecha hay una reducción de contenidos en las afirmaciones de las propias autoridades y de los actores políticos, sustituyéndose el argumento por la declaración estridente, para incrementar presencia o popularidad del gobernante o político en turno:
“Andan queriendo asustar diciendo que vamos a quitar los programas sociales. Al contrario, van a haber becas para estudiantes de familias de escasos recursos económicos, atención médica, medicamentos gratuitos. Va a aumentar la pensión de los adultos mayores al doble en todo el país, van a tener pensión también los discapacitados pobres. Va a haber justicia social como nunca, y mucha felicidad”. AMLO. Campaña presidencial 2018.
Fundamental rechazar todo discurso impuesto, para retomar la argumentación razonada y lógicamente estructurada de cara al proceso electoral de 2024 que ya inició, y que tendrá su momento cumbre el primer domingo de junio del próximo año.
Le comparto 4 recomendaciones de comunicación política a observar cuando escuche las promesas de los candidatos a distintos puestos de elección popular:
1.- Considere si el asunto político o tema de relevancia es mencionado con claridad, y si la posición del candidato sobre ese tema o asunto coincide con sus intereses cívicos y políticos.
2.-Identifique las cualidades personales del candidato, que pueden consistir en rasgos de personalidad o atributos que lo describa, como valores, honestidad, competencia, experiencia, liderazgo, cualidades personales, altruismo, etc.
3.-Identifique si el candidato tiene alguna afiliación partidista y responde adecuadamente a la adversidad: que su discurso sea congruente en lo personal -cualidades, liderazgo e ideales-, y en lo político -el pasado, planes futuros y proyectos-. Habrá momentos donde no se mencione explícita o implícitamente alguna afiliación partidista a través de mensajes visuales, verbales o sonoros.
4.- Identificar si existe algún intento de vincular al candidato con un grupo de población en específico.
Vital que los candidatos demuestren cualidades y liderazgo con visión de Estado, promuevan la reconciliación, favorezcan el enriquecimiento del debate y realicen propuestas viables en beneficio de nosotros los ciudadanos.
Seamos generosos hacia el futuro haciendo catarsis para reivindicar la responsabilidad, el discernimiento y el argumento razonado de quienes elaboran el discurso, y que sea adoptado por nuestras élites. Sería sin duda, un gran avance.
Juan Manuel Rosales Moreno
jmanuelrm@msn.com