Catástrofe

La ONU lleva a cabo por estos días su Asamblea General número 77. De entre la diversidad de posturas que han ventilado distintos personajes, destaca, por supuesto, la de su Secretario General, Antonio Guterres, declarando que “se avecina un descontento a escala mundial (…) La crisis del costo de la vida está haciendo estragos, la confianza se desmorona, las desigualdades se disparan, nuestro planeta está ardiendo” (en “La Jornada”, 21 de septiembre de 2022). En suma, una crisis planetaria que va más allá de los tradicionales vaivenes de la economía capitalista, donde los modelos de crecimiento se alternan entre la expansión y la depresión de las inversiones, según convenga a intereses de grupos y regiones que se acomodan de acuerdo al mapa geopolítico dominante. Pero el extremo de la crisis lo marca el proceso de degradación de la vida toda, mediante la depredación irracional de la naturaleza. Más allá de conflictos bélicos y desigualdades socio-económicas persistentes en distintas partes del mundo, la crisis climática se presenta como uno de los más graves retos, con visos de catástrofe, a enfrentar de manera urgente.

En efecto, a diferencia de las crisis de carácter cíclico de las economías, la catástrofe se considera como una suerte de colapso que no tiene reversa, de allí la gravedad de sus eventuales impactos y manifestaciones. Antes se hablaba, por ejemplo, de la teoría del derrumbe… de un sistema económico que, a su vez, daría paso a otro de carácter superior y, tal vez, con pretensiones de inamovilidad. Pero como ya se ha comentado en este espacio, en buena medida se llegó a confundir el planteamiento de un proyecto social utópico como postulado y como presunto proceso lógico que llevaría, tarde o temprano, a alcanzar “el reino de Dios en la Tierra”. En fin, la prevalencia de una sucesión de modelos de crecimiento económico que van de lo absoluto a lo relativo, del crecimiento hacia el exterior o hacia el fortalecimiento del mercado interno, pero en todo caso por el empuje de los grandes capitales y los intereses políticos asociados, de allí que la voz crítica del presidente de Colombia, Gustavo Petro, insista en esa Asamblea de la ONU que la más grave adicción de nuestra época sigue siendo “al poder irracional, a la ganancia y al dinero (…) que provocan el desastre climático del planeta” (Ibid.). 

En fin, lo que interesa destacar es que, junto con lo antes señalado, está la crisis propia que padece desde hace rato el propio organismo internacional como promotor de la paz mundial, en buena medida por la inacción o tardía intervención en conflictos regionales donde se ha impuesto el interés de alguno que otro gobierno que considera que, como antes y como siempre, puede seguir hegemonizando la representación de algún bloque de países que se consideran más “civilizados” que otros, pero al costo de promover guerras, conflictos, pobreza, especulación y miseria en otras regiones del planeta. Una “nueva coalición del mundo”, ha planteado el Secretario Guterres de la ONU, para abordar los grandes desafíos que ponen en riesgo la vida, sobre todo la “explosión de vida” como diría en ese mismo Foro el presidente colombiano Petro, evocando al Macondo de García Márquez, donde no sólo se cuenta con “la tierra de las mariposas amarillas y de la magia, de montañas y valles verdes, donde no solo bajan las aguas abundantes, sino (lamentablemente) también los torrentes de la sangre”.