Desde hace varios años, cuando el fenómeno político del gallardismo comenzó a asolar al conurbado municipio de Soledad, nadie prestó atención a sus formas y métodos de operación; las denuncias de opositores políticos y hasta de los propios habitantes fueron minimizadas y se incubó y desarrolló una especie de contagiosa ceguera colectiva en autoridades de los tres niveles de gobierno. Una ceguera blanca y brillante, pegajosa a la vista, de rápido esparcimiento, tal como la que describe el nobel de literatura José Saramago en su libro "Ensayo sobre la ceguera".
Al igual que aquel mal de la vista descrito por el escritor azinhaguense, el gallardismo encontró rápida expansión al no conocerse su cura, gracias a la complicidad de autoridades, de encargados displicentes de la procuración de justicia y acuerdos políticos de valía; después encontró camino en diversos municipios conurbados, en la capital del estado y luego se declaró listo para la gubernatura. Ya la tuvo.
La enfermedad descrita en la famosa novela comparte diversas similitudes con el gallardismo, por ejemplo un paralizante miedo que provocan a la población; éste los dobla, huyen sin enfrentarlo porque se saben vulnerables a sus métodos y doblegarse escapar y tratar de sobrevivir es la mejor opción hasta que pase este momento difícil, en cuanto a seguridad, garantías y legalidad.
Sabedores del poder que detentan y del miedo que infunden, los operadores del gallardismo amenazan, extorsionan, encarcelan y sacan réditos de las mieles del poder. Sus víctimas pueden ser magistrados con impugnaciones pendientes -a quienes les encarcelan familiares para que desistan de su juicio y dejen lugares disponibles-, exfuncionarios de primer nivel, burócratas de medio pelo, opositores políticos, periodistas, abogados o cualquier ciudadano que confronte o se oponga a sus ocurrencias.
En estos días viene al caso (no sólo por su relevancia sino porque se arrastra sistemáticamente desde años anteriores) abordar el lamentable caso de decenas de burócratas estatales, muchos de ellos cabezas de familia, a los que no les fue pagado su aguinaldo, pues mantienen litigios laborales por que se han violado sus derechos con anterioridad, principalmente por despidos injustificados. La orden fue clara, ante la pasividad, silencio y, no sabemos qué tanto de complicidad, de los sindicatos: "desístete de tu demanda y se paga tu aguinaldo, en una de esas no te volvemos a correr".
Consecuencia lógica y calculada: vienen los desistimientos ante las autoridades laborales correspondientes (cómplices ejecutores a modo) y nadie ve ni escucha nada; pasan de lado con esa ceguera en los ojos, como si al abrirlos todos fuera un mar de leche brillante; como si con ello la epidemia en realidad no existiera, aunque cada vez avance más y no encuentre contrapesos válidos y eficientes. Mientras tanto el resto de los pocos no infectados y perjudicados, como lo son empresarios, comerciantes y personitas bien, que esa epidemia de la extorsión, la amenaza y el miedo no los contagie un buen día.
Era previsible, el asunto de los burócratas estatales jubilados o en activo ya no gira solamente en torno a la falta de pagos o la eliminación de servicios de atención médica, sino también a los despidos en cascada y al terrorismo laboral, psicológico y argumentativo al que son sometidos ante la amenaza de suspenderles sus cada vez más reducidos salarios
Pasada la época de hipocresía navideña, vuelto todo a la normalidad y por como inicia este años, es evidente que será mucho peor que el anterior, pero al parecer a los potosinos les gusta; lo que no remedian los billetitos, un cargo para el pariente o una amenaza, lo hace una rosca de reyes. Disfruten.