Padawan Scoutwalker cumplió once años. Sí, ese moconete que usted conoció sin ajustar los doce meses, ahora resulta que ha pasado exitosamente su primera década. El muchacho nos ha resultado bastante bueno. Como cualquier escuincle de su edad, tiene sus asegunes, pero en general, el chico va a buen paso. Este año, siendo consciente de que el cincuenta por cierto de los adultos a cargo se encuentran en la Reserva Nacional de Talentos, que es como elegantemente llamamos en esta casa al desempleo, decidió que sus fiestas patronales se pospondrían hasta que hubiesen condiciones más propicias. Sin embargo, una fiesta patronal difícilmente puede ser dejada de lado, así que resolvió organizar algo tranquilito, con sus cuates de toda la bendita vida. Como suele suceder cuando cualquier mexicano organiza algo tranquilo, aquello acabó siendo una fiesta de todo el día con los incondicionales Bajitos y anexos, que se reunieron en sesión plenaria. El pase de lista arrojó la presencia del cien por ciento de los listados, incluidos aquellos que viven en la meritita capital del país y que de pura chiripada se encontraban por estos rumbos; además de que contamos con la exótica presencia de mi amiga rumana que vive en Canadá, con la cual llevo quince años compartiendo vida a distancia y que después de siete años volvimos a vernos en persona. Por tanto, aquello fue una completa gozada.
En cierto momento, le preguntamos al padawan festejado cómo se sentía cumplir once años: “-Pues raro. Uno piensa que los adultos siempre serán adultos y que los niños siempre serán niños. Y luego, te das cuenta que no, que uno crece.-“ Y así, nuestro padawan se hizo consciente de que el tiempo pasa y con él, todo cambia. Cambian las personas, cambian los lugares, uno cambia. Por inusuales pero afortunadas circunstancias, padawan Scoutwalker ha tendido durante toda su vida, más o menos a las mismas personas a su alrededor. No tengo cerca a muchos que puedan decir que conocieron a sus amigos en la guardería, a los cuarenta y cinco días de nacidos y que once años después sigan tan cuates como cuando gateaban. Sin embargo, esta vez nuestro chavo se dio cuenta de que la permanencia es, de alguna forma, extraordinaria. El cambio es la única constante.
Hace mucho, después de una situación difícil que involucró distancia con unos amigos que hubiera jurado se iban a quedar por siempre, mi amiga la Modotti, que me cae re bien por práctica y sabia, me explicó su teoría de las distancias. Para la Modotti, todos tenemos una lista con las personas que escogemos como amigos. Esa lista tiene, en definitiva, un orden. Conservamos y valoramos más a los que hacen los primero diez-quince lugares en la lista. La lista puede mantenerse igual por mucho tiempo. Pero de pronto, las cosas cambian y quien era un tres, pasa ahora a ser un veinte o un treinta. Entonces la presencia del otro no es constante y aunque aparentemente hay ausencia, lo cierto es que sólo hay distancia. A veces duele, porque, aunque naturalmente se puede ir en descenso en la lista, habrá veces en donde de trancazo la gente caiga en una terrible posición cincuenta. Pero así es la vida.
Padawan me preguntó sobre Raluca, mi amiga la rumana. Nos conocimos el segundo año que vivimos en Canadá y nos caímos rete bien. Suficientemente bien como para tener ganas de seguir en la vida de la otra. Ella decidió quedarse en Canadá, nosotros volvimos. Puedo decir que ha estado sin estar en los momentos clave, a kilómetros de distancia. Para padawan la cercanía involucra todavía estar físicamente cerca; pero creo que ahora ha realmente empezado a entender la relatividad de cercanías y distancias.
Desde hace tiempo tengo la teoría que hemos malinterpretado aquello de que los verdaderos amigos están en las buenas y en las malas, y ponemos especial énfasis en “las malas”. Yo creo que es al revés. Cuando uno está pasándola mal y hay alguien alrededor para compartir ese mal, la carga se aligera, sin duda; pero también otorgamos a quien nos acompaña un papel: salvador, consolador, hasta superhéroe. Y hacemos sentir a la otra persona importante. Sin embargo, cuando estamos en “las buenas”, no hay un rol específico para quien nos acompaña. Quizá por eso se pierden más lugares en la lista en las buenas, que en las malas. Sin embargo, tendemos a recordar con nitidez los malos momentos y quien nos abandonó justo en ese rato, cuando quizá se han perdido más amigos en otros momentos, sólo que, por alguna razón, pretendemos ignorarlo.
Francamente, no estoy muy segura si en algún momento de mi vida fui plenamente consciente de que nada permanece. Tal vez es hasta ahora, que mi hijo de once años lo descubrió. O quizá sea que estoy parada en el descanso de la escalera, viendo desde en medio los escalones que ya subí y tomando fuerza para recorrer los que faltan. Eso sí, desde aquí, la vista es buena.
Espero que Padawan Scoutwalker vea el paso de muchas décadas. Que su lista esté equilibrada. Que viva bien en la relatividad de las cercanías y las distancias.