En 1950 Miguel Delibes publicó una deliciosa novela que tituló El Camino. El texto se sitúa en la España rural de la posguerra y está lleno de personajes arquetípicos del ambiente provinciano, descritos con diálogos directos y haciendo uso de modismos propios del lugar, lo cual la hacen una obra fácil de leer y donde se advierte un excelente uso del español. Además, el texto, que recuerda un poco a Tom Sawyer, es divertido, ágil y a la vez conmovedor y reflexivo. Narra los últimos meses de Daniel, apodado El Mochuelo (un mochuelo es un ave pariente de los búhos), hijo del quesero del pueblo, que será enviado a Madrid a estudiar y a buscar el progreso; pero Daniel no quiere irse, ese lugar es el suyo: todo lo que ha vivido y todo lo que quiere vivir está ahí, a unas cuadras de distancia.
El pueblo está lleno de personajes pintorescos, comenzando por los amigos de Daniel, Germán “El Tiñoso” y Roque, “El moñigo”. Dentro de estos personajes está Lola, apodada “La Guindilla Mayor”. La mujer es la primogénita de tres hermanas dueñas de la tienda del pueblo apodadas “Las Guindillas”, por parecerse a estos chilitos rojos que en estos lares conocemos como chile de árbol. Las tres se describen como feas y amargadas, aunque Lola se lleva las palmas tanto en carácter como por una fe llevada al extremo. La Guindilla Mayor era más papista que el Papa. Diario iba a confesarse por los pecados de otros y se erigió a sí misma como custodia de la moralidad del pueblo. Al mismo tiempo era dura de carácter, malhumorada y poco fácil de querer. Así, cuando la Guindilla Mediana murió por una extraña enfermedad, no permitió que nadie llorara dado que Dios había decidido llevarse a la más inútil de las hermanas. Cuando la Guindilla Menor huyó del pueblo con un empleado bancario, la primogénita visitó de luto y cerró la tienda por diez días. Tres meses después, cuando la Guindilla Menor regresó con la honra mancillada, le ordenó encerrarse por cinco años en su casa, vistiendo de negro. Luego, al enterarse que las parejas del pueblo se iban por la tarde a los bosques cercanos a buscar ratos de intimidad, la Guindilla Mayor se armó con linterna y se dedicó a cazar a cuanto enamorado se encontraba, lo cual, por supuesto aumentó su ya de por sí mala fama.
Ahora bien, lo interesante de esto es que Delibes no pudo haber retratado mejor a esos personajes que de cuando en cuando deciden, generalmente ellos solitos, alzarse como faros de la luz de la moralidad, guardianes de las buenas costumbres e inquisidores de almas y cuerpos. Más de cuerpos que de almas. Uno pudiera creer que aquél pequeño pueblo ha quedado ya rebasado junto con sus personajes y que en esta era, donde lo que abunda es información, no hay ya espacio para Guindillas. Así, hemos visto que si bien es cierto ahora tenemos muchos más libertades y derechos que hace algunos años, también es cierto que existen fanatismos por los cuales pareciera no pasar el tiempo.
Leo con preocupación los casos separados de un par de niñas violadas por hombres cercanos a su entorno que quedaron embarazadas a consecuencia del delito y cómo hay aún estados que no sólo no les permiten abortar, sino que amenazan con criminalizarlas. Veo también cómo se llevan a cabo delitos de odio en contra de miembros de la comunidad LGBT+, o como para algunos sigue siendo natural decir como si fuera insulto, que tal o cual es gay. También sigue usándose eso de “como si fueras niña” para ofender a alguien. Leo con dolor cómo incluso hay quienes están organizando quemas de libros, como si las ideas murieran con las llamas. Todos tenemos derecho a estar en desacuerdo con lo que sea: fe, modos de vida, estilos de amar, maneras de crear, ideologías políticas. Pero jamás, jamás debemos de tolerar que aquello que nos vuelve diferentes nos convierta en inquisidores absolutistas.
En una de sus supervisiones nocturnas la Guindilla Mayor encontró el amor: hartos de su vigilancia los jóvenes enamorados casi la echan al rio. Sin embargo Quino el Manco la salva y de ahí nace el amor. Todo pareciera indicar que la Guindilla, ahora esposa y madrastra de una pequeña niña, entendería que el mundo no es tan cuadrado, ni tan recto, ni tan duro. Sin embargo, lo primero que hace, es golpear a su nueva hijastra para dizque educarla y logra que su nuevo marido se arrepienta al instante de haberla desposado. Los radicalismos y los radicales son parecidos: podemos creer que los amamos, podemos llevarlos a casa e incluso acostarnos con ellos; sin embargo, eventualmente lo único que conseguiremos, es dañarnos desde dentro, como hace el chile de árbol.