Chocolate de metate

Desde palacio municipal o la Unidad administrativa se hizo correr a los medios de comunicación, en medio de la efervescencia generada por los 430 años de la fundación del primitivo puesto de San Luis Potosí (que no de la ciudad), la versión de que Ricardo Gallardo es el gobernador que por primera vez asiste a una reunión de Cabildo. Ahora sí que como dijera la comisaria Elizabeth García Vilchis (una gran verdad en medio de todas sus cotidianas torpezas): “no es falso pero se exagera”.

El propio alcalde de la capital, Enrique Galindo, difundió en su cuenta de tuiter: “Por primera vez en la historia de San Luis Potosí, un gobernador asistió a una sesión de Cabildo y fue precisamente en este día tan importante para la ciudad como el 430 Aniversario de su Fundación que @RGC_MX [Ricardo Gallardo] lo hizo.” 

Hay ciertos lujos que pueden darse los ignorantes, las afirmaciones temerarias son uno de ellos; no es el caso del alcalde, quien ha sido cuidadoso y mesurado en el manejo de su lenguaje y, a diferencia del gobernador, razona sus dichos.  Desconozco si Enrique Galindo es quien maneja personalmente sus redes sociales, casi creo que no, por lo que deberían capacitar mejor a quien las maneja, o al menos pedirles sobriedad en la redacción ya que pueden resultar contraproducentes la abundancia y el sensacionalismo.     

De la presencia de un gobernador en sesión de Cabildo nos da cuenta Gonzalo Santos en sus Memorias: “De allí [se refiera a la Quinta Tamuín, su casa] nos trasladamos al palacio municipal, donde se celebró una sesión de cabildo en honor del C. secretario de Gobernación, señor licenciado Miguel Alemán, sesión que yo presidí, pues conforme a la Constitución del estado, que yo hice con la colaboración de mi secretario particular, el inteligente [Francisco] Martínez de la Vega, yo tenía derecho a presidir las sesiones de todos y cada uno de los ayuntamientos del estado cada vez que el C. Gobernador lo creyera “conveniente”. Es decir, prácticamente y conforme a esta Constitución, que está en vigor [1977], el gobernador del estado es presidente de todos los ayuntamientos de la entidad.” 

Por fortuna, dados los tiempos que vivimos y el gobernador que sufrimos, aquello no se conserva en la Constitución del estado; en la actualidad en su artículo 80, al enumerar las atribuciones del gobernador, señala: “XXIII.- Asistir a las reuniones de los ayuntamientos, a solicitud de los mismos.”     

Lo anterior fue un resbalón menor e insignificante si se compara con el éxito que representaron para el Ayuntamiento las festividades del aniversario de la fundación, entre las que destacó –según me cuentan– un magno concierto del tenor Fernando de la Mora y la Orquesta Sinfónica de San Luis Potosí, en la presa San José.  

Pero no alcanzo a comprender todo el boato que se armó en torno al traslado a palacio municipal de la escultura de san Luis rey de Francia que se encuentra en la Catedral, hermana por casa fabricante y temporalidad de la de san Sebastián mártir. Ambas esculturas fueron adquiridas en la década de 1890 a la Maison Raffl, por el obispo Ignacio Montes de Oca, quien las hizo colocar en unos nichos (hoy cegados pero perceptibles desde el patio trasero) ubicados en el muro testero del descanso de las escaleras del palacio episcopal (luego municipal). 

Ningún  nexo, como no sea el nombre del santo, existe entre esa escultura y la fundación de San Luis Potosí, quizá la puntada hubiera sido buena el 25 de agosto, festividad del santo, quien ejerce no sólo patronazgo sobre la ciudad, sino también sobre su cabildo. Como sea, ubicada al fondo del patio central del palacio, justo antes de las escaleras, la escultura ha sido montada en un patético cajón (que en mucho asemeja a embalaje de chocolate de mesa o a sobre de champurrina) y rodeada de un cúmulo de información sobre el santo, que nada tiene que ver con la fundación de la ciudad, sino más bien pareciera el currículo –con muy malita redacción– de un político que se postula para algún cargo de elección popular. Montes de Oca, el obispo esteta que contemplaba el Olimpo y la Biblia, se retuerce en su tumba. 

Dadas las buenas relaciones entre el alcalde y el santo patrono, no estaría por demás que mientras en un armonio se toca Miserere, le encendiera unas veladoras para que le ayude a que el gobernador otorgue su venia al Congreso para incrementar la tarifa del agua potable en un 24.9 % y, de una vez, le rece para lograr someter a los antorchos, lastre en el reordenamiento del comercio informal del centro histórico. Quien lo dijera, y hace apenas 18 meses,  Octavio y el propio Galindo dijeron ser antorchistas.  

Gracias por la lectura. Ya váyanse preparando con las compras decembrinas, para luego no andar a las carreras.