Ciencia y democracia

La extitular de la Secretaría de Ciencias, Humanidades, Tecnología e Innovación en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, la Dra. María Elena Álvarez-Buylla Roces ha llamado la atención sobre el riesgo de una regresión en la orientación científica de nuestro país (La Jornada, 21 de abril de 2026), en términos de que el Estado mexicano se vea obligado a proveer de recursos económicos a las grandes corporaciones empresariales que, sobre todo con la ley de ciencia del gobierno foxista propició un derroche de dinero público a unos cuantos representantes de grandes consorcios que impulsaban proyectos de ciencia y tecnología para el propio aprovechamiento económico empresarial y no para el conjunto de la población. El riesgo está en que la Suprema Corte de Justicia de la Nación resuelva una acción de inconstitucionalidad contra la ley de la materia que, en el sexenio de López Obrador, se reformó para dotarla de una orientación democrática y de justicia social para que la ciencia en México se tenga como un derecho humano, además de garantizar que, por ejemplo, la población estudiantil que cursa posgrados con estímulos de becas provistas por el gobierno mexicano no sean mermados.

Como bien lo precisa la Dra Álvarez, no se trata de que con la ley vigente se genere una confrontación entre el sector público y el sector privado, sino más bien precisa las atribuciones respectivas en la materia, teniendo presente que, por definición, la investigación en ciencia y tecnología en el ámbito privado es esencialmente lucrativa, para potenciar los márgenes de ganancia de los bienes que produce, no siempre con responsabilidad social o ambiental plenas.  Como botón de muestra del impacto que tuvo la actual ley en términos de ahorro y reorientación de proyectos científico-técnicos para el beneficio colectivo, está “la recuperación de más de 21 mil millones de pesos del erario, que estaban listos para el dispendio en 91 fideicomisos opacos que, finalmente, se extinguieron (…) con un manejo eficiente de recursos públicos se lograron más resultados incidiendo a través de Programas Nacionales Estratégicos en cientos de municipios y logrando desarrollos tecnológicos de vanguardia soberanos para el bienestar, amparados en cerca de 90 patentes de Estado” (Ibid.). 

Aquí lo hemos comentado anteriormente, el progreso científico y tecnológico es fundamental como palanca para el desarrollo nacional, sobre todo en empresas estratégicas estatales donde la investigación e innovación tecnológica ocupan un primerísimo lugar, por lo que la orientación del gasto público en esas materias debe ser aprovechado al máximo y, más bien, los grandes corporaciones empresariales deberían aportar una parte de sus ganancias para fortalecer, por ejemplo a las Universidades Públicas. En efecto es un tema de soberanía nacional porque, contrario a lo que planteaban las teorías de la dependencia en los países de América Latina, vueltas populares por los clásicos textos de Theotonio Dos Santos y otros intelectuales que señalaban que somos subdesarrollados (en términos científico-técnicos) porque somos dependientes (en términos de una desarrollo desigual) con países desarrollados (y que las posibilidades de superación se agotan en una mera negociación por añadidura asimétrica y complicada en el ámbito de las relaciones internacionales, otros autores plantearon que, más bien, somos dependientes porque somos subdesarrollados (enfatizando las posibilidades de superación a partir de la reorientación de una economía que privilegia el crecimiento hacia dentro, con expansión del mercado interno, el mejoramiento del consumo general y la formación científico-técnica y humanística de los jóvenes a través de entidades educativas públicas, donde no prevalezca el lucro). 

En su “Ciencia jovial”, libro de aforismos sobre varios temas pero con énfasis en la reflexión de alcanzar “una ética de sí”, Federico Nietzsche muestra la lucha del espíritu libre que debe prevalecer en esa búsqueda en la que, entre otras cosas, “la fuerza del conocimiento está en su carácter de condición para la vida”. Escrito en 1882, después de una enfermedad, muestra “el agradecimiento de un convaleciente, pues la curación era lo inesperado (…) pero la ciencia jovial mienta un espíritu que resiste paciente” (en “La gaya ciencia”, Ed. Colofón, México, 2001, p. 87).