La isla de Santa Elena, perdida en medio del océano Atlántico, a medio camino entre Brasil y la costa occidental de África, es conocida, sobre todo, por haber sido el último hogar de Napoleón Bonaparte. En octubre de 1815, Napoleón fue embarcado en Plymouth por los británicos con destino a Santa Elena, donde permaneció hasta su muerte, en mayo de 1821.
En menor medida, Santa Elena también es conocida por ser el lugar de residencia de Jonathan, la tortuga gigante considerada oficialmente el animal terrestre vivo más longevo del mundo. Jonathan fue trasladado a la isla desde las Seychelles, en el océano Índico, en 1882. Aunque se desconoce su edad exacta, se estima que nació alrededor de 1832, lo que lo situaría actualmente en torno a los 194 años, sustancialmente superior a la edad máxima típica de su especie. Esta estimación se basa, entre otros indicios, en una fotografía tomada poco después de su llegada a Santa Elena, en la que ya aparece como una tortuga adulta. Se calcula que entonces tenía al menos unos 50 años. De ser correcta esta estimación, Jonathan habría vivido casi cuatro veces más que Napoleón.
Cabe imaginar, aunque solo sea como un juego de la imaginación, que Napoleón y Jonathan hubieran coincidido en Santa Elena. Después de todo, entre la muerte de Napoleón y el nacimiento de Jonathan, solo habrían transcurrido once años. Para esto, la tortuga tendría que haber viajado antes a Santa Elena y Napoleón haber retrasado su muerte. No ocurrió ni lo uno ni lo otro. En particular, la muerte de Napoleón, que habría sido relativamente temprana, se atribuye a un cáncer de estómago, una enfermedad que todavía hoy puede tener consecuencias mortales. Para Jonathan, en cambio, el paso del tiempo no ha impedido que alcance una longevidad extraordinaria, y sí podría haber acudido a la cita. Aunque padece cataratas y ha perdido el sentido del olfato, ha llegado a una edad que supera ampliamente la habitual en su especie.
La longevidad de Jonathan se ha convertido en objeto de interés científico: estudiar su genoma y los mecanismos que regulan la actividad de sus genes podría aportar pistas sobre los procesos biológicos que permiten vivir durante tanto tiempo. Y es en esta dirección que apunta un artículo aparecido esta semana en la revista “Science Advances”, publicado por un grupo de investigadores encabezado por Benjamin Vaisvil, de Kallel Foundation, en Nashville, Tennessee. El estudio tuvo como propósito evaluar el genoma de Jonathan y explorar las bases de su longevidad.
Debido a la preocupación por la salud de la tortuga –que es un ícono de la isla y está bajo el cuidado de la residencia oficial del gobernador de Santa Elena–, no se permitió que los investigadores tomaran muestras de sangre y en su lugar tomaron muestras de raspado bucal y de saliva. Para tener una referencia, Vaisvil y sus colaboradores tomaron muestras de sangre de Tank, una tortuga joven de las islas Seychelles que vive en cautiverio, lo mismo que de otros ejemplares.
Los autores identificaron variantes genéticas en Jonathan, en comparación con otros ejemplares estudiados, relacionadas con los mecanismos de envejecimiento, incluyendo mecanismos para reparar daños en el material genético y mecanismos para limitar el crecimiento de células cancerosas. Y, como el resultado que consideran más importante: encontraron que las células de Jonathan parecen conservar mejor ciertas instrucciones genéticas. Los investigadores encontraron que, aunque muchas regiones del ADN de Jonathan presentan cambios asociados con la edad, algunas conservan marcas químicas relativamente ordenadas, comparables a los observadas en tortugas mucho más jóvenes. Estas marcas participan en la regulación de los genes. Los autores concluyen: “Planteamos la hipótesis de que mantener este estado de bajo desorden garantiza una expresión de alta fidelidad en ciertos mecanismos genéticos críticos, protegiendo a la tortuga del deterioro asociado a la edad”.
Vaisvil y sus colaboradores, reconocen que la imposibilidad de extraer sangre a Jonathan es una limitante a su estudio. De manera adicional, consideran que es necesario hacer estudios con otras tortugas y determinar si sus resultados son específicos a tortugas de las islas Seychelles, o corresponden a un aspecto general de envejecimiento.
Descubrir los mecanismos del envejecimiento no equivale, por supuesto, a desarrollar tratamientos capaces de retrasarlo. Pero comprender esos mecanismos es un paso indispensable para averiguar si es posible intervenir en ellos. Quizá el estudio de Jonathan no nos permita vivir dos siglos, pero podría ayudar a comprender mejor por qué envejecemos y por qué algunas especies parecen hacerlo mucho más lentamente que otras.
Imaginemos, por un momento, que los seres humanos pudiéramos alcanzar una longevidad semejante a la de Jonathan. Napoleón llevaría entonces solo cincuenta años de muerto y, quién sabe, quizá ambos habrían podido coincidir alguna vez en aquel remoto rincón del Atlántico.