Seleccionar y reunir objetos semejantes, iguales o con alguna relación entre sí ha sido un rasgo que los humanos hemos mostrado a lo largo de nuestro paso por este mundo. Es y ha sido (Marco-Such-Maria_5.pdf), una necesidad apremiante que desde niños se manifiesta juntando estampas o corcholatas; de adolescente música, fotografías de artistas y deportistas y también con el tiempo, reunimos revistas y artículos a los que otorgamos un valor especial. Así es ésta, una actividad innata desde que el hombre percibe su existencia y sus ideas acerca de la vida.
Estos valores que damos a los objetos van más allá de la cosa en sí. Al coleccionar sentimos y adjudicamos un carácter especial, un valor suplementario que puede ser sentimental, estético, religioso o mágico. Despojamos a las cosas de su naturaleza primigenia, se le abstrae dándole un sentido diferente; los botones ya no se usarán para cerrar una prenda de vestir y los sellos postales dejarán de colocarse en los sobres para ser enviados por correo ordinario.
Esta inclinación se expresa a edad temprana como una forma de conformar y controlar el mundo en el que habitamos y va decayendo conforme crecemos en el periodo adolescente y alcanzamos el estado adulto, de acuerdo a algunos estudiosos. Se retoma años después como la continuación de poseer y de tener un objeto de deseo, un fetiche al que transferimos el control sobre las cosas, en lugar del control sobre las personas.
Hay quienes desarrollan una pasión enfermiza sobre los objetos, buscándolos por todos los medios sin atender a leyes o normas, convirtiéndolo en una actividad clandestina. Sin embargo, es el coleccionismo abierto el que nos lleva a tocar el tema en este momento, entendiendo como colección “un conjunto de piezas que poseen, cada una de ellas, una serie de valores.” De él surgen los museos y tenemos datos de las primeras colecciones en la Prehistoria cuando se inicia el proceso de descontextualización de los objetos. Ejemplo son las tumbas acompañadas de objetos que sirvieran para el tránsito hacia la otra vida.
Es en la Antigüedad cuando se produce el boom del coleccionismo y en la Antigua Grecia se da el paso hacia el Museo que se nutría tanto del producto de conquistas como también por el “regalo” de potentados quienes tenían tesoros que no podían alamacenar o bien que deseaban compartir con la comunidad.
Hoy en día los museos son el gran escenario de colecciones privadas y públicas que reunidas en salas nos muestras diversas formas de vida en todas sus etapas, desde la antigüedad, hasta nuestros tiempo. La evolución tecnológica, nos ha llevado a ser visitantes de museos y galerías virtuales sin necesidad de salir de nuestros domicilios. El museo se ha acercado más a la gente y todo aquél que tenga acceso a la red podrá gozar de las obras de grandes maestros no solo de la pintura o la escultura sino de otro tipo de colecciones como son los salones de la fama de deportistas o personajes que se han distinguido por sus descubrimientos, sus aficiones y sus logros.
El museo con ello, nos adentra en formas culturales ajenas o lejanas a nuestras tradiciones y costumbres. Nos abre puertas a otros mundos y otros imaginarios. A devociones y también a aberraciones como son los museos en donde se muestran colecciones de aparatos y herramientas de tortura o bien los museos que recuerdan momentos fatídicos para la humanidad, como lo es el Museo del Holocausto o el museo de sitio junto a las Torres Gemelas en la Zona Cero.
Así, el arte de coleccionar, de preservar, resguardar, restaurar objetos o documentos literarios o visuales, nos hacen conscientes de ser parte algo muy grande cuyo rogen está el principio de los tiempos y que día a día nos ayuda a tratar de ubicarnos en la historia de la humanidad. Y tú ¿qué coleccionas?