Colonias que se van

El encanto de una ciudad es en gran parte su discreción. No se necesitan exóticas demostraciones  para ser parte de la esencia de un espacio. Entre el ajetreo de una ciudad que no acaba de definirse, se encuentra como si el tiempo no pasara, la Colonia Moderna. Las cuadras que abarca no son muchas. Su perímetro está delimitado por las calles de Carranza, Benigno Arriaga, Cuauhtémoc y Tomasa Estévez. El espacio que ocupa resulta ya tan ordinario, que caminarlo es cosa de todos los días y pareciera que no merece atención alguna. Sin embargo, ese espacio residencial lleva consigo un parteaguas en la historia de San Luis y sus espacios han sido conservados entre las páginas del libro Colonia Moderna: espacio de seducción, editado por la Secretaría de Cultura.

La colonia Moderna comenzó a construirse a finales de la década de los treinta en el terreno que ocupaba una huerta que se conocía como La Palestina. México quería entrar a la modernidad que pretendía  lograr una nueva forma de vida, alejada de los sobresaltos de la revolución, de las milpas y los campos porque llamaba a innovar, a crear un nuevo tipo de mexicano que corriera a la velocidad que el mundo girara.

 El nuevo México era industrializado, vivía en las ciudades, ganaba su estatus bajo el título de Doctor, Licenciado, Arquitecto. Todavía casi todo en masculino, aunque ya comenzaba a mostraba resistencia, una que quedó entre las paredes de Cuauhtemoc y Tomasa Estévez, donde  entre diez y quince mujeres jóvenes navegaban entre el mar de hombres que querían ser abogados, justo ahí, en el límite de la colonia, donde se construyó la Facultad de Derecho. 

La Colonia Moderna fue el primer espacio en San Luis donde se construyeron en las cocinas lugares ex professo para guardar refrigeradores. En sus habitaciones hubo como novedad   un cuarto especial para poner ropa y zapatos y en sus accesos y se construyeron lugares especiales para estacionar los carros. Ya no había caballerizas, ni arcadas, ni grandes patios centrales. Los potosinos, sin perder la elegancia, buscaban ahora espacios habitacionales funcionales.

El nuevo San Luis llamaba a los teatros, las tardeadas, las tertulias, a carrancear –en carro- y después dejar el coche en el garaje. Llamaba a  tener más ropa de la que  se necesitaba porque ahora se creaban pequeños cuartos para guardarla. Adiós a los roperos donde la abuela guardaba la espada del abuelo coronel. 

El emblema de la Colonia Moderna era la casa de los García Maldonado a quienes muchos conocimos como La Casa de los Flamingos, dado que, quién sabe por qué peregrina razón, los dueños mandaron traer desde Yucatán a un buen número de esas aves, que paseaban en el jardín enrejado a la vista  de los transeúntes. El resto de las casas seguían arquitectónicamente hablando, un estilo similar entre el llamado Spanish Colonial Revival y el Neocolonial utilizando elementos típicamente potosinos, como la cantera rosa pero  buscando mezclarla con elementos foráneos, como el mármol de Carrara, todo en aras a pretender encontrar un nuevo estilo mexicano de construcción. 

Hoy esa misma colonia se ha convertido en una pausa. Un paréntesis.  Un paseo al pasado del México que se creía moderno, aquél que entre adoquines y remates de cantera, nos recuerda que el pasado, el futuro, lo antiguo y lo moderno, son sólo abstracciones referenciales a una complejidad humana que no acabamos de entender, y que por lo mismo, necesitamos dejar plasmada en paredes, ventanas y puertas. Construyendo nos entendemos, nos explicamos y, sobre todo, nos alejamos de lo finito que somos. Construir es revelarse. Moriremos, sí, pero entonces alguien recordará que ésa era nuestra casa, que ahí vivimos y, con algo de suerte, nos convertiremos en la leyenda, una que por lo menos aspire ser el señor que se aparece en la casa de la esquina… 

Hace unos días caminé por la Colonia Moderna. Hace tiempo que no lo hacía, toda una pandemia, por lo menos. Eché de menos un par de fincas que, me cuentan, fueron derrumbadas recientemente. Otras siguen igual de majestuosas que antes. Con otras el paso del tiempo no ha sido generoso y  se notan casi en el abandono. Fue inevitable sentir cierta nostalgia a pesar de saber que las ciudades mutan con el tiempo, que se derrumban ciertos lugares para dar espacio a otros. Hay un San Luis que se va perdiendo y otro que se va ganando todos los días. Quizá por eso los potosinos estamos constantemente atrapados entre el pasado y el futuro. Tal vez nos haga falta comenzar a construir definiciones, antes de convertirnos en simples fantasmas que se resisten a dejar la casa donde vivían.