Cruzaron ese puente oscuro que une la existencia entre vivos y muertos, un camino largo, iluminado por nuestras veladoras y muchas flores amarillas y naranjas: la flor que los agasaja y celebra con su color, su vuelta desde el más allá.
Encontraron cada uno su origen. Descubrieron con entusiasmo que podían comer y beber lo que en vida disfrutaron. Quedaron maravillados ante el afán de los vivos por acogerlos y emular La Muerte con los disfraces de catrinas y espeluznantes calacas.
“Un año más sin sus presencias materiales”, recordaron los vivos entre sandungas, el son de La Bruja, Amor Eterno y La Llorona.
Pan de muerto, dulces de azúcar, calabazas, sal, velas, copal. Fotografías de sus mejores momentos. Padres, abuelos, amigos, profesores, compañeros de vida, visitantes en la muerte, colocados estratégicamente en unos de los niveles de cada altar. Botellas en miniatura, cigarros, pequeñas muestras de sus pasatiempos favoritos junto a sus fotos. Un recuerdo plasmado en maquetas de las historias de familia que se leen con un golpe de vista y que se explican corazón adentro, donde el silencio cuenta los secretos y las andanzas de los difuntos, invitados a reunirse en una noche muy de los mexicanos.
Yo puse un altar en mi corazón: ahí coloqué la foto de mi papá tomando su cerveza con la mejor de sus sonrisas, la de mi mamá con su tejido y en su jardín. Las fotos de mis hermanos y mis cuñados y de mis suegros; también de mis abuelos, aunque solo conocí a los paternos. A mis amigos Max, El Tomy y Andrés que le agarró la prisa y se fue prontito. Hice un lugar para mis amigos empezando por Ana y Cristina. Y otra esquinita para los niños pequeños que solo llegaron a esta vida para decirnos que habíamos sido escogidos para ser sus padres pero que tenían prisa por volver al origen.
La lista es larga y el corazón se alegra y se entristece con solo invocarlos.
¡Bienvenidos todos sus espíritus! Los acogemos y los recordamos. ¡No nos olviden! Los esperamos el próximo año.