¡Concédenos Señor…!

Se acercan los días dedicados a honrar la memoria de los que nos precedieron; todos santos y fieles difuntos son los nombres que en el santoral católico, respectivamente, reciben los días uno y dos de noviembre. Días en que la cristiandad festeja a sus muertos.

Las fiestas de los muertos son inmemoriales en la historia de la humanidad; todas las culturas, sin distinción de credo dedican tiempos a enaltecer a sus antepasados. El cristianismo no fue excepción, y desde el siglo IX por propuesta del abad clunicense, Odilón, se destinó un día a la memoria de todos los mártires inmolados en defensa del cristianismo.

México y los mexicanos no somos excepción en estas festividades funerarias y con sus respectivas adecuaciones también festejamos y recordamos a familiares, amigos, conocidos y en general a todos aquellos que no están ya entre nosotros. Fiesta en que pretextos y personajes abundan, por tanto sobran; la cosa es encontrar motivos.

La fiesta de los muertos en nuestro país, como la conocemos en la actualidad, es cosa nueva; los altares, lo contenido en ellos y las presentaciones que ahora acostumbran a mostrarnos, forman parte de una parafernalia que no tendrá más de 80 años.

Sin embargo, de unos años para acá, se nos ha dicho y enseñado que es una tradición inmemorial en nuestro país, y cómo no, a todo lo que deje derrama económica (centavitos, pues), hay que buscarle un origen legitimado en lo ancestral; no se vaya a pensar que nuestros gobiernos son falaces y mercenarios.

Ciertamente hay elementos prehispánicos en estas festividades, sin embargo, las fiestas de Míxquic, Pátzcuaro, Oaxaca, Chiapas, Guerrero, el Hanal Pixán maya, y el Xantolo huasteco son invenciones y adecuaciones recientes. No nos escandalicemos, es cosa real; digo, si en la actualidad inventamos museos que –con cargas leoninas al erario–sólo funcionarán los diez años que dure un comodato, no veo por qué no se puede inventar una fiesta huasteca de los muertos. Xantolo, adaptación lingüística de sanctorum (lugar de morada de los santos).
La explicación es sencilla (y no es cosa mía lo dicho, sino de verdaderos especialistas en el estudio de la muerte como: Bazarte Martínez, Lugo Olin, Malvido Miranda, y Mendoza Luján), los días de muertos como hoy los entendemos, son un invento (o creación, para que no se lea tan feo) del estado cardenista ateo, laico, liberal y masón, en un intento por contrarrestar el peso de la iglesia católica y de dar a estas fiestas, un toque prehispánico y nacionalista.
Elsa Malvido, la más grande estudiosa de las manifestaciones culturales mexicanas en torno a la muerte, señalaba: Con Cárdenas en la presidencia, a lo mexicano se e identificó con el grupo prehispánico más desarrollado a la llegada de los conquistadores, los mexicas, y a ellos se les atribuyeron ceremonias que ignoraron los 300 años de dominación española, un siglo de independencia y diez años más de revolución.
¿A qué viene todo esto?, a entender que los intelectuales de entonces rescataron y recrearon algunas costumbres populares coloniales, católicas y/o romanas paganas, y les asignaron un nuevo sentido, entre ellas a las fiestas de Todos Santos y Fieles Difuntos, otorgándoles un sentido nacional, difícil de probar pero fácil de creer.
Después de que estos mitos han crecido con raíces modernas, pocos han sido los investigadores que han hurgado en la memoria mexicana o en sus concepciones sobre la muerte. Sin embargo cabe destacar a tres arqueólogos: Carlos Navarrete, Eduardo Matos y Leonardo López, entre otros, quienes disienten en distintos niveles sobre el origen prehispánico del Día de Muertos.
De todas formas, tiene su encanto y nadie lo discute.

* * *

Así ese encanto ha cautivado a propios, extraños, mexicanos, extranjeros, creyentes, dudantes y ateos, y ha prodigado una gran cantidad de manifestaciones culturales derivadas de la muerte. Uno de los ejemplos más palpables lo hallamos en la novela Macario, de B. Traven; el pobre leñador indígena, padre de 11 hijos, quien en unilateral charla con Dios clamaba: Oh Señor, si por lo menos una vez en mi pobre vida pudiera comerme entero un guajolote asado, moriría feliz y descansaría en paz hasta el día del juicio final.
Gracias a un pacto, derivado de su generosidad con la muerte, y auspiciado por ésta, tuvo poder para sanar casi cualquier mal que aquejaba a los humanos, salvándolos de la muerte, alcanzando reconocimientos hasta en la corte virreinal. No obstante su fama y riqueza, Macario se conservó honesto e incorruptible.

* * *

Desafortunadamente entre nosotros no hay políticos que tengan la dignidad y honorabilidad de Macario. Bástenos ver cómo incrementa la lista de las pillerías de nuestro anterior alcalde; a su esbirro –el soledense– provocando reclamos y manifestaciones por carencia provocada de agua; a nuestro gobernador restando importancia a los reclamos ciudadanos; a diputados que en arranques esquizoides amenazan y lamentan que una legisladora no sea hombre, para partirle la madre. Vaya numerito, todavía no nos recuperamos, ni asimilamos los episodios protagonizados por los anteriores legisladores, cuando aparecen los nuevos con similares patologías.
No pasemos por alto que otro, conocedor como poco de los sistemas corruptos existentes en la Fiscalía, comenzó cándidamente a filtrar en redes sociales el perfil delincuencial pasado del diputado madreador. ¡Qué ejemplares!
Llegará un momento en que los potosinos a similitud de Macario el leñador, clamaremos hacia el cielo: ¡Oh Señor; concédenos, aunque sea una sola vez, políticos de los que no tengamos que avergonzarnos!

Dicen los que saben, y los que no, repiten, que hoy es sábado social; disfrútenlo pero no se excedan.