Confesemos (1)

La semana pasada anuncié aquí el inicio de una serie de columnas sobre recuerdos y confesiones.

En esa introducción me faltaron al menos tres personas de interés: Juan Ramiro Robledo, Oscar González Rodríguez y Ricardo Salinas Pliego. De los lugares, omití Guerrero Negro, BCS.

Bueno, a partir del texto con un listado de personas y vivencias, un excompañero de Secundaria me comentó que es importante recapitular nuestras vidas en un tramo final y seguir aprendiendo hasta el último día. Le dije: tienes toda la razón, nunca debemos dejar de aprender… cuando repensamos, cuando leemos y escribimos, con humildad y gratitud.

Otro lector que me conoce bien, sugiere que en los siguientes artículos trate de precisar cuáles creo que fueron mis aportaciones en cuanto a honradez y sentido del deber, además de referir las crisis que me tocaron y sus lecciones.

En fin, sigamos adelante…

* DE LOS INDIVIDUOS QUE enlisté, voy a empezar con Manuel Camacho Solís, gran persona y mi mejor amigo en la Universidad (como él me presentaba). Desde el segundo año de Economía, al salir de clases me llevaba casi todos los días a mi casa en su coche, y nos quedábamos platicando una hora o más ahí afuera, de política y de algo más. Queríamos aprender.

Por años mantuve la amistad con él y, sobre todo, con su bella familia, aunque nunca trabajamos juntos a diferencia de otro admirado compañero, Emilio Lozoya Thalmann, que fue mi jefe en 4 cargos públicos a lo largo de más de una década o tres sexenios, la mayor parte con el mejor funcionario que llegué a conocer en mi vida, el gran abogado Arsenio Farell Cubillas.

Bien, hacia el final del sexenio presidencial de nuestro también compañero en los últimos dos años de la licenciatura, Carlos Salinas de Gortari, Emilio me platicaba que Manuel estaba convencido de que iba a ser el sucesor, pero, en sus visitas al Presidente, ELT se daba cuenta de que eso no iba a confirmarse.

Creo que a Manuel Camacho le resultaba difícil aceptar que no fuera él, porque venía a ser la mejor opción, y en esto último tenía razón. Tal vez el brillante político desestimó que jamás debe uno parecer demasiado fuerte e independiente, y que por lo general en México o Estados Unidos los mejores no llegan a ser presidentes.

Luego de todo lo que pasó tras su reacción al destape de Luis Donaldo Colosio (Canciller por 42 días, eficaz negociador con el EZLN en Chiapas, acusado absurdamente por el asesinato del candidato priista), se apartó varios años de la política activa y, mal asesorado Marcelo Ebrard y otros, fue candidato presidencial de un partido que intentaron crear.

Se acercó más a López Obrador y se distinguió como Senador hasta su prematura muerte en 2015. Con todo, pienso que no habría seguido apoyando al pésimo presidente morenista al defraudar en su fracaso sexenal.

* UNA DE LAS ANÉCDOTAS que anticipé en la columna anterior, viene a ser la siguiente: En un viaje a Sevilla y su Exposición Universal de 1992, con motivo de los 500 años del llamado descubrimiento de América, pensé que nunca había estado tan cerca de África y se me ocurrió que mi esposa y yo podíamos volar a Marruecos.

Ya en Marrakech, la llamada Ciudad Roja por sus históricos muros y palacios de color ocre y rojizo, fuimos al mediodía a conocer el gigantesco mercado y vi poca gente, aunque sus legendarias tiendas y tendajones estaban abiertos. Luego entendí que era la peor hora para recorrer esos extensos laberintos, por el sol tan fuerte y el calor abrasador.

El guía nos llevó de un lado a otro y tras una eternidad desfallecíamos y moríamos de sed, por lo que nos depositó en un sombreado comercio de tapetes en el que tenían unos agradables sillones. El amable dueño nos obsequió una Coca Cola chica en envase de vidrio, tan fría que chorreaba gotas de agua como en los anuncios.

Ya repuestitos, nuestro providencial anfitrión nos ofreció diversas mercancías y me sentía comprometido a comprarle algo por habernos salvado la vida. Comprendí entonces el truco y le tuve que comprar el tapetito menos caro que pude encontrar. Bonito, hasta eso.

Al día siguiente me quedé a asolearme un poco en la fresca alberca del hotel de una cadena francesa, donde los meseros te servían deliciosas cervezas y por primera vez vi turistas europeas topless e incluso nudistas. Me llamó la atención que los empleados árabes circulaban viendo al cielo, tal vez capacitados así por la gerencia. Yo traté de hacer lo mismo.

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