Volvemos en nuestro espacio semanal a la serie de recordaciones de este escribano. Y agradezco todos sus comentarios.
* CONTINÚO ASÍ CON LAS personas que estaré refiriendo en la pasarela.
Hoy se trata de Emilio Lozoya Thalmann, secretario de Estado que fue mi jefe en el IMSS, la Secretaría del Trabajo, el ISSSTE y la Secretaría de Energía, Minas e Industria Paraestatal a lo largo de tres sexenios en unos 15 años.
Desde los primeros días de la Universidad me pareció un tipo excepcional como persona y como compañero: educado, amistoso, inteligente, responsable, dedicado, honesto y de gran personalidad. Tuvimos una larga relación muy positiva en lo académico, lo personal y, finalmente, en lo laboral.
Estudiamos juntos, convivimos, viajamos algo, compartimos malas y buenas noticias, nos apoyamos mucho siempre… sobre todo, más adelante en los exigentes cargos públicos.
Incluso cuando estuvimos en el extranjero nos carteábamos e intercambiamos materiales de estudio o experiencias de exámenes, él de las universidades de Columbia y Harvard, yo de Manchester.
Fue muy responsable y exitoso, tal vez con más vocación de eficiencia del sector privado, que de un sacrificado servidor público. En todo caso, sus gestiones públicas resultaron en verdad distinguidas.
Aunque se le consideró para presidente, no se la creyó. Con inteligencia, orden e intuición tenía éxito en lo que intentaba y donde lo ponían, siempre con los pies en la tierra.
Pero, bueno, no era mi idea ensalzarlo aquí, aún menos si nos ayudamos tanto uno al otro y, así, logramos mucho. Hoy serían otros mis objetivos.
Tampoco me resulta fácil hablar de su hijo, a quien traté de niño y me decía tío, pero realmente le falló a su familia. Inclusive afectó en forma injusta el apellido.
Conocí a su padre desde cerca y desde adentro… me confió algunas de sus áreas que más dinero manejaban, y puedo asegurarles que él es un hombre digno y honrado, siempre irreprochable. Lo comprobé tantas veces, y lo digo con autoridad en el tema, además del respaldo de mi trayectoria, que no pocos conocen.
¿Qué podía ser algo mañoso? ¡Claro! Quizá menos que otros y como tienen que ser a cierto nivel los funcionarios o empresarios que no quieren que se los coman e incluso aspiran a triunfar.
Lamento lo de su hijo. Creo que éste era tan brillante y carismático, tan prometedor, pues, que su orgulloso padre no supo o no pudo cuidarlo. Acaso no impidió que cometiera graves errores, tal como suele suceder con los más cercanos.
En fin, hace muchos años que no he tenido ningún contacto con ellos. Pero, ahora, sin ningún compromiso, he querido compartir todo esto.
* OTRA DE LAS ANÉCDOTAS prometidas viene a ser la de un viaje a Japón con los directivos de la empresa Exportadora de Sal, en 1994, cuando me tocó ser subsecretario de Minas e Industria Paraestatal y, con ello, presidente del Consejo de Administración de esa notable entidad paraestatal, 51% del gobierno mexicano y 49% de la corporación japonesa Mitsubishi.
En este caso, sobre todo, me interesé en cuidar su excelente funcionamiento, logrado durante años a cargo del ingeniero Juan Bremer, un auténtico profesional y excelente persona. Muy poco pude aportar aquí, la verdad, y más bien aprendí bastante sobre cómo puede operar muy bien una empresa pública en competencia abierta y con la vigilante participación de socios extranjeros.
Fue un largo viaje a la ciudad de Osaka, en primera clase como correspondía a los niveles directivos y la duración del vuelo, para llegar descansados a cumplir con el programa. Eso estaba normado y se aceptaba sin hipocresías. Pero confieso que no llegamos tan bien, pues no pudimos resistirnos a las soberbias viandas y bebidas durante la animada plática de la larga noche.
Más o menos repuestos, visitamos los almacenes de nuestra sal en una isla cercana a la ciudad de Hiroshima, que logró superar la devastación física y anímica a partir de la explosión de aquella bomba atómica en 1945. También Kioto, la antigua y bellísima capital imperial.
Tras esos aprendizajes de resiliencia y tradiciones, llegamos a Tokio… con atenciones abrumadoras de nuestros anfitriones y memorables eventos que nos ofreció uno de los nobles liderazgos empresariales de un país tan antiguo y moderno a la vez.
Regresa uno fortalecido y comprometido de esas travesías; aunque, a la larga, el más torpe populismo haya terminado por “nacionalizar” y destruir aquel visionario proyecto.
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