Confiar en tiempos convulsos

“Es triste cuando el aire se pone

poco fiable, cuando una pregunta

se lee como un insulto.”

Ángeles Mastreta en Nexos

Leo esto en un día en donde en los primeros minutos de mi despertar, me recibe con la vista de un cerezo en flor que admiro desde mi ventana con la primera luz de la mañana.

Leo el texto que se llama “Confiar” y viene tanto al caso a pesar de que la autora se refiera a la poca confianza de algunos candidatos en los órganos encargados de las elecciones.

Confiar es como se adivina- aún cuando no supiéramos el idioma en qué se dice, un acto de fe-. Es depositar en otro o en otros, parte de lo que hacemos y sentimos. Es vivir sin el sobresalto o el temor de vernos amenazados por alguien o por algo; empresa complicada en la que ésta última –la seguridad- no es algo que podamos dar por hecho.

Aún así, en estos tiempos convulsos uno no puede ir mirando por todos lados a ver si en la esquina te esperan para asaltarte, ni desconfiando de la ayuda que alguien a media calle solicita ya sea para orientar sobre un domicilio que buscan, o para leer un documento a una persona que dice ser analfabeta.

Sin embargo es evidente que hay ciertas consecuencias negativas en esta confianza innata, que a decir verdad me parece que es también un mecanismo de supervivencia. He escuchado a médicos y terapeutas de la salud psicológica que no se puede vivir en constante alerta. De ser así, no sólo nuestra psique sino nuestro cuerpo empiezan a resentir el efecto de lo que muchos llaman “una baja vibración”, alterando nuestro organismo y nuestras emociones. El desenlace es un desequilibrio generalizado en mente, cuerpo y espíritu.

Aún así, uno se levanta diariamente, si no con la vista de un cerezo en flor, sí con la convicción tácita en la benevolencia de la gente y eso como digo arriba, a pesar de que la semana pasada alguien muy cercano haya sido engañado y estafado vía telefónica; a pesar de escuchar a otros también muy cercanos sobre experiencias que tienen que ver con el robo en plena calle o intento de secuestro.

Y así como uno no se levanta pensando en no hacer daño, confiamos implícitamente que “el otro” tampoco. La realidad frecuentemente nos muestra lo contrario.

Aún así, me niego a hacerles el juego y dejar mi tranquilidad en sus manos independientemente del “formato” que utilicen para hacer daño: vía la extorsión, vía las palabras. Creo que es el único terreno al que no debemos dejar entrar a aquellos con tales intenciones. Debemos cuidar nuestro espíritu para poder cuidar de nuestras decisiones y de nuestro cuerpo así como cuidarnos de la integridad de los pequeños o de aquellos que no pueden hacerlo por sí mismos como los ancianos o enfermos.

Estoy no cansada pero sí triste por esta parte de la humanidad; pero eso no va a provocar que le ceda mi confianza al mundo y a mi especie.

El cerezo y su perfume que invade el jardín, indican que todavía hay esperanza.