Los resultados de las elecciones a la gubernatura en seis entidades federativas son contundentes. El escritor Pedro Miguel sintetiza bien el saldo: “el PRI perdió Hidalgo y Oaxaca, el PAN perdió Tamaulipas y la coalición de ellos perdió Quintana Roo. Si logran conservar Durango y Aguascalientes, será gracias al fraude. Morena, por su parte, ganó cuatro de las seis gubernaturas, o sea, dos terceras partes, sin perder nada”. En efecto, el gran perdedor de la jornada electoral dominical es el PRI porque se avizora su derrota en las elecciones de 2023 en el Estado de México y Coahuila. Con esos resultados, Morena se consolida como el partido hegemónico en México, en el sentido más clásico del término, esto es, como un referente indispensable para la orientación intelectual y moral de una sociedad.
Con el planteamiento que antecede, se entiende que la reacción de priístas en general, pero sobre todo de representantes de la vieja guardia de ese partido en particular, sea, por decir lo menos, algo curiosa. Para corroborar lo antes planteado, basta con un botón, de amplia muestra, con las declaraciones de la señora Dulce María (dino)Sauri Riancho, ex-presidenta nacional del PRI y que, en reciente entrevista (Revista Proceso, 5 de junio de 2022) únicamente atinó a reaccionar, ante la inminencia de la derrota electoral, la víspera dominical, espetando, lacónicamente: “Morena es la cuarta etapa del PRI”.
Evidentemente, la señora (dino)Sauri confunde peras con manzanas, toda vez que la Cuarta Transformación es un proceso histórico de larga duración, cuyas precondiciones se fueron incubando desde fines de los años sesenta con la crisis de legitimidad política del partido prácticamente único y por el inicio del agotamiento de un modelo de crecimiento que se conoció como el “milagro mexicano”, pasando por la alternancia en el poder presidencial en 2000, pero sin alternativa que condujera a un gobierno distinto a los denominados “prianistas”, sino hasta 2018, cuando, ya se ha comentado antes aquí, el memorial de agravios sociales acumulados fue el precipitante de un cambio equiparable a las otras tres grandes transformaciones institucionales que ha tenido nuestro país.
Pero aún hay más, diría el clásico, porque, cuando se le pregunta a la señora (dino)Sauri si considera que su partido podría llegar vivito y coleteando (cual dinosaurio monterrosiano que aún siga allí) al 4 de marzo… ¡de 2029!, responde: “mire, con carácter histórico sí, testimonial, tal vez…”. Pues sí, más desalentador para su propia causa no puede ser. El PRI, si llega al centenario de su formación, será en la práctica, meramente testimonial. Pero, falta el pilón: para la señora (dino)Sauri sucede que Morena es la cuarta etapa del PRI, es decir, el sucedáneo de la serie PNR, PRM, PRI; lógicamente, se trata de una contradicción porque para que el PRM surgiera había que liquidar al PNR y para que surgiera el PRI había que liquidar al PRM, pero chistosos que son en esa su lógica convenenciera, el PRI no se liquidaría para dar paso a Morena, sino que, incluso, según la señora (dino)Sauri: “Morena durará poco y vendrá… ¡una quinta etapa del PRI!”, ¿así o más acomodaticio el “argumento”?
En fin, lo que interesa destacar es que, antes, durante y después de las elecciones del pasado domingo, las reacciones de la oposición son más que reveladoras de la inanición política que padecen rumbo a 2024 y, para muestra, lo declarado por la señora (dino) Sauri y las de otros conspicuos promotores de la alianza “Va por México”, donde aseguran que “hay tiro para 2024”… a pesar de perder dos terceras partes de lo disputado. En fin, por el lado de Morena lo que se avizora es la consolidación de la Cuarta Transformación y esa sí es otra etapa histórica que se empieza a fraguar con el afianzamiento territorial e institucional del progresismo de izquierda a lo largo y ancho del país.