La disputa parlamentaria por la mesa directiva de la cámara de diputados federal deja una lección relevante: el cambio de régimen político pasa, ciertamente, por la consolidación de mecanismos democráticos en la distribución del poder político, pero también de cuidar que en el ejercicio de altas responsabilidades públicas estén los mejores perfiles ciudadanos. El origen y desenlace de los desencuentros entre la mayoría y las minorías partidarias se planteó en, buena medida, por el papel de personajes que, suele ocurrir en el medio político, generan filias y fobias. Por una parte, se acusó que la propuesta panista para ocupar la presidencia de la mesa directiva recaería en Xavier Azuara, a quien la diputada Dolores Padierna calificó como ultraderechista, por lo que la mayoría partidista reivindicó como su derecho el objetar la llegada del potosino. Por la otra, la descalificación apresurada hacia Porfirio Muñoz Ledo, por parte de un sector duro de las minorías, en caso de que siguiera por más tiempo presidiendo la cámara baja. Al final, ambos personajes optaron por allanar el camino a un nuevo acuerdo político.
Sin duda, quien ha jugado un papel destacado en el proceso de contribuir a destrabar los elementos que podrían desencadenar una crisis constitucional en el parlamento mexicano ha sido el senador zacatecano Ricardo Monreal. Como coordinador de la mayoría morenista en el Senado de la República fue enfático en señalar que cualquier intento de modificar la ley orgánica del congreso general, para adecuarla a una coyuntura específica, no pasaría en la cámara alta en su carácter de revisora y como un espacio de discusión más sensato. A pesar de que legalmente se puede, no se debe, dijo; aclarando, además, que nunca se estuvo en la ilegalidad por la permanencia de Muñoz Ledo unos días más en la mesa directiva, toda vez que se trata de una hipótesis contemplada legalmente, al no darse un primer acuerdo de gobernabilidad para la apertura del segundo período ordinario de sesiones. En todo caso, ciertamente había un acuerdo político para la rotación de la presidencia de la mesa directiva, pero eso es algo muy distinto a los hechos suscitados dentro de los presupuestos normativos.
Finalmente, la mayoría partidaria resolvió respetar el acuerdo original y honrar la palabra empeñada, pues de otra manera se habría sentado un grave precedente de regresión autoritaria. Localmente, el alcalde capitalino Xavier Nava “rompió el silencio”, llamando a evitar ese retroceso y, tal vez, en el ánimo de mantener abierta la vía panista de participación electoral para su proyecto personal en 2021. Aunque Porfirio Muñoz Ledo mentó madres, salió bien librado de la escaramuza, advirtiendo que: “se puede tener el poder y no pasar a la historia, o no tener el poder y pasar a la historia”. Sin duda, Porfirio ha hecho historia en el parlamento mexicano y cómo olvidar su interpelación a Miguel de la Madrid, o el discurso elegante y contundente de respuesta a Ernesto Zedillo al inaugurar la etapa de gobierno dividido en 1997, cuando el PRI perdió por primera vez la mayoría absoluta en la cámara de diputados. Ciertamente, son 22 años de progresividad democrática en la relación de poderes del Estado mexicano que no se pueden echar al bote de la basura con modificaciones de último momento y dedicatoria.
Sin embargo, esa dinámica de confrontación y desencuentros entre las distintas fuerzas políticas seguirá presente y hasta se podría considerar como normal en un parlamento plural y democrático, siempre y cuando, después de discutir con argumentos jurídico-políticos y sentido ético, se alcancen acuerdos en bien del país. Por desgracia, no son pocos los legisladores que adolecen de un mínimo de formación con tales prendas y terminan enseñando el cobre. El caso del congreso potosino es paradigmático, pero ese es otro asunto que ya luego se comentará.