No miren ahora, pero en el vecindario brasileiro ha ganado las elecciones nacionales un personaje al que se le asocia con la extrema derecha. La aparente posición ideológica de Jair Messias Bolsonaro (así se llama, lo juro), o próximo presidente do Brasil, denota un conjunto de actitudes y comportamientos que podríamos considerar como antagónicos de las democracias liberales de nuestra época. Machista, racista, homófobo, defensor de la pena de muerte. En campaña se caracterizó por elaborar un discurso cortito, simplón, pero que se conectó con una buena parte del electorado (si bien el 55% del electorado que lo votó en segunda vuelta puede considerarse una mayoría artificializada, no dejan de ser millones): prometió transformar a Brasil en una “nación grande, libre y próspera” (¿en dónde he escuchado eso?), prometió combatir al narco, a la obscena corrupción en el país, y desde luego está lo de la economía de mercado.
Bolsonaro ya ha tenido sus desencuentros con los medios de comunicación. Ha adoptado una postura de confrontación contra los medios y periodistas que le han criticado. Aprendió bien de su nuevo aliado, un tal Donald Trump; se considera víctima de los medios y de las fake news, de modo que él representa la lucha antisistema contra el corrupto y siniestro establishment: a máfia do poder, pues.
El éxito electoral de Bolsonaro podría asemejarse al de Trump. Ambos representan la oferta política ante una demanda que se encuentra en la sociedad. ¿Por qué perdieron Hillary Rodham Clinton y Fernando Haddad? Porque representaron al modelo de política que buena parte de la población ya no quiere consumir. Lo preocupante del asunto es que cada vez es más frecuente escuchar sobre la creciente popularidad de este estilo de liderazgos. Hay que echarle un ojo a los perfiles de Marine Le Pen en Francia, Matteo Salvini en Italia, Víktor Orban en Hungría, Jarolsaw Kaczynski en Polonia. Todos cortados con la misma tijera. Me pregunto si esos liderazgos políticos son consecuencia de una sociedad en clara regresión democrática.
¿Será que nuestras sociedades fragmentadas intentan dar marcha atrás al desarrollo político de la justicia, la pluralidad, la democracia y los derechos humanos? . Hay que echar un vistazo a lo que ocurre justo ahora en Estados Unidos. Se investiga el envío de más de una docena de dispositivos explosivos contra políticos y medios de comunicación que mantienen una línea crítica contra Trump. Los conspiratistas pueden estar tranquilos, no parece ser una jugada electoral del Presidente de Estados Unidos, pero preocupa mucho su retórica frente a los paquetes bomba: un estilo deliberadamente divisivo. La polarización social es su variable dependiente, la violencia y las agresiones entre civiles, su manifestación recurrente.
De esta forma, en Europa, en Estados Unidos y en Brasil tenemos a la plaza pública dividida, a una sociedad fragmentada que no encuentra eficacia o representación en la ortodoxia política, en el discurso correcto. Encontramos a sociedades que dejaron de dialogar y se comenzaron a agredir. En la calle, en las redes sociales, en todas partes. Abundan insultos a quienes no piensan como uno. Son ignorantes, salvajes, corruptos, subnormales, ladrones, enfermos. Me recuerdan tanto a la obra maestra de Pink Floyd y a la célebre caracterización de Bob Geldof en la película The Wall:
“¿Algún maricón en la sala esta noche? / ¡Pónganlos contra el muro! / Hay uno ahí, junto a la luz del foco, no me gusta cómo se ve, / ¡pónganlo contra el muro!. / Aquél parece judío, y ese de allá, un negro. / ¿Quién ha dejado entrar a esta escoria a la sala? / Ahí hay uno fumando un porro, y aquel tiene manchas. / Si por mí fuera, los mandaría fusilar a todos”.
¿Sabe qué me preocupa más? Que tengo más de un año leyendo y escuchando este tipo de agresiones entre ciudadanos, aquí en México.
Twitter. @marcoivanvargas