Corpus

Jamás se me va a olvidar que Aristóteles nació en Estagira, colonia Greco-Jónica de Macedonia en el año 384 a.c. También puedo citar sin problema que “Historia est testis temporum, lux veritatis, vita memoriae, magistra vitae, nutia vetustatis.” Y sé que la frase se atribuye a Cicerón. Sé perfectamente que originalmente no se pronuncia Eureka, sino Éureka (Que gramaticalmente no lleva acento diacrítico pero que aquí pongo para diferenciar el sonido); y que la palabra cápsula deriva de la declinación de capsae, que significa caja en diminutivo; es decir, cajita, porque eso es una cápsula: una caja pequeña. Sé también que no recordaría nada de esto sin no fuera por Félix Corpus Escobedo, mi maestro de Etimologías Grecolatinas del Español e Historia de las Ciencias en Preparatoria.

Entrar al Potosino fue escalofriante. Yo veía de un ambiente académico donde la vida se veía tan rosa y complaciente que me dejó fastidiadísima y por eso busqué salir. Entrar a bachillerato en un ambiente opuesto me hacía encomendarme cada mañana a la virgencita para no regarla, porque sabía que ahí no  pasarían por alto mis tarugadas. Y luego, llegó Corpus. El tipo era toda una leyenda. Se contaba que tenía una memoria prodigiosa y un saber enciclopédico. La leyenda decía que recordaba a cada alumno y exalumno por su nombre y clave de lista y que podía citar párrafos enteros de libros sin equivocarse. Se rumoraba que era estricto hasta el límite y duro como las piedras de río. Naturalmente, cuando supe que sería mi maestro me aterroricé.

Entró el primer día caminando con el paso de quien se sabe dueño del salón y del destino de almas. Lo primero que soltó ahí, bajita la mano, fue: “-¡Usted!-“ y nos señaló a todos- “-¡Usted no sabe nada y yo, yo sé todo!-“ A la bola de escuincles babosos de prepa que éramos nos dio un ataque de risa que sofocó con una sola mirada. Y entonces, procedió a tomar lista. Con cada nombre se detenía unos segundos. Al día siguiente, no leyó la lista: la recitó de memoria y nos volteó a ver a cada uno mientras decía nuestro nombre. 

A partir de ese momento, pude comprobar que la leyenda era cierta: el tipo era una enciclopedia, su memoria sí era fotográfica, sus clases eran completamente hechizantes y su carácter inspiraba en la misma medida, respeto y pánico.

Una y otra vez repetía que nada hay más injusto que juzgar a personas de otra época, bajo los estándares del presente. Tenía toda la razón. Hasta ahora lo entiendo. Cuando empezaba a hablar, Arquímides, Euclides, Tolomeo, Anaximandro, Hecateo, Darío I, Demócedes, Heráclito de Éfeso, Pitágoras, Marco Tulio, Plinio el Viejo, Julio César, invadían el salón. Su presencia era tan fuerte, tan notable, tan cercana, que sus ideas nos inundaban, se hacían cercanos, caminaban entre nosotros y parecía que ellos en persona, eran los que nos daban la clase. Pero no, era Corpus y su amor a la sabiduría. Corpus, el filósofo.

En Etimologías, más que recitarnos las declinaciones, Corpus nos enseñó desde la raíz de las palabras su verdadero significado; pero sobre todo, su peso. Nos hizo entender que a las frases nunca se las lleva el viento, que todo lo dicho y lo escrito, tiene una intención, un mensaje. Gracias a Corpus entendí que no hay palabras inocentes. 

Al paso de los años, me encontré esporádicamente a mi maestro. Una vez, en pleno Fundadores me llamó: “-¡Camacho Zapata, Yolanda, 40-08!-“ y casi me da un microinfarto que me volvió de golpe al mesabanco  de madera del Potosino. Ahí estaba mi maestro de 1991, en el 2014, llamándome con mi clave del colegio. En ese entonces me acababan de nombrar en el primer cargo público que salía en el periódico. Me dio tres palmadas en el hombro y me dijo “-Vas muy bien, Camacho, vas muy bien. Esto apenas comienza. Vendrán responsabilidades mayores con los años, no temas.-“ Ninguna felicitación de aquella época me supo tan dulce como aquella del maestro que más disfruté, del que más sufrí, del que más aprendí. 

Con los años reconozco que estudiar el Doctorado en Historia, dar clases de Lexicología y Semántica y amar las palabras, lo debo en gran medida a Corpus. 

Mi maestro ha muerto y deseo que exista un lugar donde pueda estar platicando con Sócrates, codeándose con Catón, discutiendo con Cicerón. Deseo que haya entrado a ese lugar diciendo lo que era cierto entonces y sigue siendo cierto ahora: “-¡Usted no sabe nada y yo, yo sé todo!-“