En estos tiempos, difícil es que alguien se sustraiga al embrujo de internet y sus diferentes medios de manifestación: navegación en páginas web, Facebook, Instagram, Twitter, Whatsapp y un largo (e insospechadamente misterioso aún) etcétera.
No pretendo aquí enumerar las formas en que nuestra vida diaria se entrecruza con cientos, quizá miles de informaciones que circulan por los medios enunciados ni tampoco profundizar demasiado en si resultan un bien o no para la humanidad. Por lo pronto dejaré constancia de que a mí, en lo personal, me parece apasionante ser partícipe de este tránsito de la historia del mundo que se ve inmerso en la comunicación a ultranza, inmediata, amplia, universal y ¿veraz?
Aquí me quiero detener, en el tema de la verdad. Y no me refiero a esa “posverdad” que define el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia como una distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales, sino a la “verdad” pura y simple, cotidiana, tal vez, incluso, nimia, pero verdad al fin. Me refiero, sin mayor aspiración, a eso que define el propio Diccionario como la conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente; la conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa, el juicio o proposición que no se puede negar racionalmente, pero siempre referido a nuestra cotidianidad.
¿A usted, lector, le llegan mensajes de whatsapp en los cuales se anotan sesudas frases, conmovedores párrafos, atribuidos a personajes importantes, en los cuales se asientan conceptos motivacionales, de contenido espiritual, moral, ético o, simplemente, de optimismo? ¿Se ha detenido a verificar si acaso, a quien se le atribuye la autoría, es realmente quien lo dijo o lo escribió? Lo dudo. Sin embargo, puedo asegurar que un número importante reenvió el mensaje a sus contactos, sin mayor duda. Un buen ejemplo es un mensaje que recientemente ha circulado en el mencionado mecanismo de mensajería instantánea, atribuido al papa Francisco, cuyo texto, en una pequeña parte, señala “Ser feliz es encontrar fuerza en el perdón, esperanza en las batallas, seguridad en el palco del miedo, amor en los desencuentros. Ser feliz no es solo valorizar la sonrisa, sino también reflexionar sobre la tristeza”. Este mensaje ha circulado en diferentes medios digitales y redes sociales desde dos mil diez, año en el que aun Francisco no era pontífice y, de manera recurrente, se ha manifestado en dos mil trece, dos mil diecisiete y ahora en dos mil diecinueve y lo que va del dos mil veinte, de manera viral. Lo único cierto es que no es de Francisco.
Hay quien minimiza esta circunstancia y, tal vez, tiene razón, en cuanto a que el mensaje, por sí mismo, tiene buena intención. Sin embargo, no deja de ser una mentira. Inocente, bien escrita, moralmente reconfortante, pero mentira al fin.
Aquí cabría preguntarnos, entonces, si ante la bondad del fin perseguido o logrado, la verdad deja de importar; si apartarse de la realidad se justifica, solo por las buenas intenciones, sin que debamos tener el espíritu crítico que distingue a la razón.
¿Estaremos, entonces, ante una realidad “a la carta”, donde atribuimos como cierto todo aquello que nos satisface o, por lo menos, descalificamos la necesidad de apegarnos a lo real, solo porque lo irreal nos parece más atractivo?
Este sencillo ejemplo, banal si acaso gusta el lector de calificarlo así, nos ilustra cómo, hoy por hoy, se vive bajo un intenso bombardeo de datos, informaciones, declaraciones, definiciones, opiniones, noticias y aseveraciones que no se verifican, que no se confirman, que no se comprueban.
¿A cuántos famosos han “matado”, gozando el muerto de cabal salud? ¿Cuántas creencias se construyen, solo por el hecho de que quien emite la opinión, tiene un buen número de seguidores en Twitter? ¿Cuántos “likes” hacen una verdad?
“¿Qué derecho tiene un señor o señora de creer que por escribir una columna tenemos que creer que es verdad lo que dice?” Esta pregunta, formulada por el Premio Nobel José Saramago me lleva a decirle a quien esto lee: no me crea, no piense que digo la verdad solo porque la he escrito en esta columna; simplemente reflexione y, por favor, haga como Aristóteles, que dijo ser amigo de Platón, pero más amigo de la verdad.