En una sala de aeropuerto, lo menos peor que puede pasarnos ante retrasos indefinidos, es tratar de hacer migas con quien se encuentra en la misma situación que nosotros. Siempre resulta interesante descubrir cómo otro ser humano se enfrenta a lo adverso, que no impredecible. Llevo años sin tomar un avión a tiempo. Lo normal, es el retraso.
Marcos suele enviarme cosas interesantes para momentos de espera. Me pasó un artículo buenísimo: “La sociedad de la desinformación: propaganda, fake news y la nueva geopolítica de la información,” de Ángel Badillo. Leerlo me llevó a las sala de espera del aeropuerto internacional de la Ciudad de México, hace un par de años.
El vuelo se había pospuesto hasta nuevo aviso; es decir, nos habían quitado la esperanza que da tener una hora asignada de partida. A mi lado había una mujer que también viajaba en solitario. Tendría unos diez-doce años mas que yo. Su cabello rizado a media altura pintaba ya tonos grises y blancos. Lucía un look folklórico- artesanal: blusa de manta con unos ligeros bordados en cuello y mangas, pantalón de mezclilla y unos huaraches muy parecidos a los que me compré en el mercado de Rioverde y que por cierto, ya debo jubilar.
Ella estaba, como el noventa por ciento de los ahí reunidos, sumergida en su celular, que estaba conectado a un enchufe cercano. Yo no soy ajena a matar el tiempo con las pantallas, pero no se veía fin a la espera, por lo que decidí quemar otros cartuchos y hacer lo que siempre hago: platicar con extraños. La blusa de la mujer sirvió de rompe hielos. Estaba bonita y se lo dije. Parece que no, pero casi siempre me he encontrado con que la gente no tiene bronca hablando con desconocidos. Agradeció el halago y comenzamos a intercambiar nimiedades.
Ella esperaba un vuelo a Tabasco de la misma aerolínea que el mío. Ambos, retrasados sin esperanza. Me preguntó que yo de dónde era, y le respondí que de San Luis: “-Justo acabo de leer sobre una chica desaparecida en San Luis-“ y me enseñó una foto desde su móvil. Me brincó que el recuadro donde se enmarcaba la foto de la joven, tenía las características de la Alerta Amber, que es utilizada únicamente para menores de edad a nivel mundial. De momento, no quise hacer ningún comentario, pero la cara de la chica me recordó a otra publicación que acababa de ver en el muro de Facebook de alguien más. Lo busqué en ese rato y ahí estaba, efectivamente, la misma foto, pero ahora dentro de una supuesta nota de fecha incierta, anunciando a la mujer como fardera de un centro comercial en Saltillo. “-Mira, resultó una fichita-“. A mí lo único que me quedó claro, es que alguien había tomado una foto y que ésta estaba a su vez, usándose para cualquier clase de fines.
Platicamos sobre la inseguridad del país y la inestabilidad económica, mientras la mujer iba enseñándome un buen número de publicaciones provenientes de páginas de dudosa procedencia. Mucha de su información venía de grupos de WhatsApp reenviada infinidad de veces y cuyo origen resultaba un misterio.
El artículo de Badillo, presenta un término recientemente agregado a los diccionarios: posverdad. Se refiere a la “Distorsio´n deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinio´n pu´blica y en actitudes sociales”. Por ejemplo: no podemos negar la inseguridad en las calles, ni la inestabilidad económica, consecuentemente, quien quiere crear una posverdad, se alimenta de datos que quizá sean ciertos, pero los distorsiona para generar una nueva “verdad”. Esta manipulación de datos usualmente tiene como fin generar percepciones positivas o negativas para algún grupo o persona.
Afirma Badillo que: “Las redes sociales proporcionan un entorno ine´dito para la difusio´n de informacio´n al combinar dos elementos completamente nuevos: (1) la produccio´n de contenidos no es ya el fruto de las organizaciones de medios, sino de los individuos ano´nimos que suben sus historias e interactu´an con los contenidos producidos por otros, y (2) la personalizacio´n de los contenidos a los que accede el usuario en funcio´n de los otros a los que sigue y de la publicidad que recibe en funcio´n de sus intereses —los que declara en su perfil y los que la plataforma deduce de su actividad en li´nea—.” De esta manera, quienes usamos alguna red social y comenzamos a señalar alguna preferencia informativa, comenzamos a engancharnos en una serie de algoritmos que nos llevan a otras publicaciones similares, que no necesariamente corroboran fuentes ni muestran verdades. Es decir, pareciera que estamos informadísimos, pero en realidad estamos en un capelo construído por nuestras propias preferencias, lo cual hace que descartemos o peor, que ni siquiera conozcamos, puntos de vista alternativos o datos que contradigan la visión parcial que muestran las redes sociales.
Según dato de Europabarómetro del 2018, el 50% de los Europeos utiliza las redes sociales, y un 47% cree la información que éstas le proporcionan. Afortunadamente todavía un poco más de la mitad no se confía de lo que se publica en estos medios. Quién sabe cómo anden los números de este lado. Sin embargo, en Europa el porcetaje es alto. Esto ha generado que se tengan registradas por lo menos 148 iniciativas alrededor del mundo creadas para verificar los datos publicados en línea, teniendo como referencia a dos iniativas importantes: First Draft y Fact-Checking Network.
Ciertamente desde que los periódicos y la radio comenzaron a hacerse populares, ha habido líneas editoriales con tendencias marcadas; sin embargo, no se debe de confundir esto con los datos verificados que un medio presenta, con la interpretación que se dá al conocer una información donde no hubo un solo medio para cerciorarse de que lo escrito es cierto. Lo peor, es que hay momentos en donde acabamos volviéndonos cómplices de la desinformación, jueces de inocentes y hasta verdugos de verdades.
Tuve una agradable plática con esa mujer que creía, de buena fe, en datos sin fundamento. Incluso discutimos los beneficios de ciertas vacunas que ella había leído eran malísimas para los niños. Hablamos de dietas que a mis ojos resultaban un punto más que milagrosas y de productos que a pesar del precio, no harían ni la mitad de lo que habían prometido. No, la mujer no era ninguna tonta, era, simplemente, una crédula consumada viviendo dentro de una burbuja cuidadosamente diseñada por redes sociales.
Nadie estamos excentos de visiones parciales ni de información imprecisa. Sin embargo, en este mundo de crédulos, le toca a cada quien empujar desde adentro para reventar la burjua de la falsa información.