Despierto, pienso en Monterroso y lo parafraseo: “Cuando despertó, el virus todavía estaba allí.” Mi casa es una isla apacible en medio del caos. El olor a café espanta cualquier angustia. Escucho a los niños jugar. Creo que son los mejores preparados para el aislamiento que trae aparejada la pandemia. Su generación trata con naturalidad las videollamadas. A mí, se me sigue haciendo cosa salida directamente de la caricatura de los Supersónicos. Ellos checan sus labores pendientes en línea, hacen sus tareas y las envían. Yo batallo para descargar Zoom en mi teléfono. De hecho, hace un mes y medio, no tenía idea de qué era Zoom, salvo el sonido que hacen los zancudos en la noche, cuando se empeñan en no dejarme dormir. Dormir. Estoy durmiendo. Pero ligero. Me despierta cualquier cosa. Los perros del vecino, las motos circulando sobre la Diagonal, la alarma de una local cercano que se inició nada más porque sí. Sueño raro. En tiempos normales, nunca recuerdo sueños, pero ahora, tengo sueños surrealistas que mezclan a personajes reales y ficticios de otras épocas con protagonistas actuales. No recuerdo bien qué sueño. Quedan postales separadas. El sueño pandémico que cuando despierta hace patente realidades absurdas.
Leo. Leo como siempre, pero ahora me anido en el sillón de la sala, que comienza a tomar la forma de mi cuerpo acostado. Marcos, en un sillón perpendicular al mío, es el encargado de poner música. Encontró un playlist titulado “Ansiolítico”. Apropiadísimo para estos meses. En mi casa de la infancia nunca había música. Aquí todos los días se escucha algo. No sabía que me gustaba tanto la música hasta ahora que soy adulta. La pandemia me ha dado conciencia de placeres que pasan de largo en la vida regular. Leo y escucho al mismo tiempo. A veces dejo el libro y muevo mis pies descalzos mientras tarareo el coro de alguna canción. Nunca adivino las trivias musicales de Marcos. Creo que él me pregunta adrede para ver si puede educarme. El sábado pescamos por Facebook el concierto que un amigo hizo desde Mérida. Jesús es hermano de una querida amiga y se nos había olvidado que cantaba tan bien. Su canto suena al pasado, a los primeros años de la universidad, a cuando Marcos y yo comenzábamos a ser historia. Él canta desde Mérida y nosotros desde 1997.
El virus ha hecho que quiera moverme. Si no me deja salir a la calle, no voy a dejarle decidir también sobre la movilidad de mi cuerpo. Bajé una app para hacer ejercicio y me uno a mis hijos en los entrenamientos que les están dando en línea. Sudo. Yo nunca sudo. Sudaba. Ahora acabo bañada sin realmente hacer gran cosa. Cada gota me recuerda mi edad. El mes que entra cumplo cuarenta y cuatro años. Los sufrí antier que Gina nos inscribió en el Cross virtual de Tamasopo. Liderados por Padawan Scoutwalker, nos dedicamos a dar vueltas en circuito por la casa. Iniciamos en el jardín, pasamos por la planicie de la sala y el comedor, las curvas de la cocina, las cuestas hacia la planta alta, la ligereza del pasillo de la escalera, la nueva curva empinada para la azotea, la pendiente hacia el cuarto de los niños, tocar base en la cortina del baño y bajar para iniciar de nuevo hasta completar un kilómetro que me supo a cinco. Con mi sudor puedo regar una planta pequeña. En lugar de eso, recuerdo que debo regar mis orquídeas. Las sumerjo en una tina y veo cómo las raíces abandonan el tono grisáceo para retomar el tono verde esmeralda. Las podo y les pongo canela en la herida, para evitar que se infecten. Parecen frágiles, pero no son. No necesitan tierra firme y tienen la raíz expuesta. Las ramas son resistentes, parece que el peso de las flores las vencerá, pero no. Cargan lo que la naturaleza sabe que pueden soportar. Las orquídeas son demasiado humanas.
Obscurece. Es momento de prepararme para volver al mundo. Veo mis pendientes en la oficina y leo todo lo que cae en mis manos sobre el Covid 19, siempre que venga de una fuente seria. Mi lista la componen siete u ocho periódicos internacionales que resumen bien el estatus del mundo enfermo. En Europa el número de muertos ha descendido ligeramente. En China tuvieron que cerrar una ciudad entera que presenta nuevos casos. En México cada día hay entre mil y mil quinientos casos nuevos. En San Luis en tres días aumentaron los enfermos por decenas. Ya hay once personas muertas. Entiendo los casos de personas como yo, que deben de salir a la calle a trabajar. No entiendo, a quienes salieron a comprar pizzas para el día del niño. Menos a quienes organizaron una fiesta de espuma en Soledad. Espero no les pase nada, pero creo que por ahí del 15 de mayo las historias no tendrán que ver con largas colas en pizzerías, sino para solicitar atención en los hospitales. Espero equivocarme.
Las estadísticas y sus análisis me sacan de mi isla y me vuelven al mar tempestuoso de alcohol, desinfectantes y vacunas que no existen. No está mal pasar el trago amargo con un whisky. Veo a mis compañeros de pandemia y agradezco que los tres me caigan bien… casi todo el tiempo. Ellos se preocupan por mí. Me cuidan desde lejos cuando salgo y esperan que vuelva a ellos. Marcos tiene la cafetera lista a mi regreso. Él sabe como yo, que el café espanta cualquier angustia.