El portal de investigaciones y transparencia Ciudadanos observando dio a conocer hace cinco días que el Ayuntamiento de la capital perdió un laudo laboral por el que fue condenado a pagar $700,000.00 (setecientos mil pesos) a un extrabajador de la institución “despedido injustificadamente”. La noticia repicada por diversos medios de comunicación hubiera sido una de tantas dentro de la cotidianidad potosina, como que con cierta frecuencia se despiden burócratas, de no ser porque el despedido y en breve feliz recipiendario de la nada despreciable cantidad es el futuro diputado federal David Azuara Zúñiga.
Eso, en parte, podría explicar la permanente sonrisa de psicópata con la que se le observa desde hace mucho tiempo; hay quienes pensarían que la moda la impuso el candidato Jorge Álvarez Máynez durante el primer debate, pero en Azuara ya es viejo el distintivo rasgo, quizá le viene desde 2021 después de ser despedido y decidir iniciar con su malévolo plan.
Desde luego que habrá quienes digan (su familia, amigos, simpatizantes, correligionarios partidistas y, desde luego, los vividores del erario) que es un derecho laboral con todo y que fuera un empleado de confianza al que le concluyó el contrato; pero causa algo de sorpresa por dos motivos: primero porque en el pasado no muy distante no era práctica habitual; los funcionarios concluían, se iban (normalmente con un buen bono de marcha) y ya; segundo, porque es complicado entender cómo una persona que dice preocuparse por mejorar las condiciones de la administración pública y de vida de los potosinos saquee de esa forma tan descarada las arcas del ayuntamiento capitalino.
Una connotada panista potosina (porque las hay) señaló que David Azuara debió buscar un acuerdo antes de proceder contra un ayuntamiento panista –que en realidad los dos lo son, contra el que la interpuso y al que va a saquear-, algo puede haber de eso y para cualquiera hubiera sido lo deseable, pero lo cierto es que no está en la mentalidad ni en el ánimo del hermanito Azuara la capacidad de negociación, su objetivo era obtener dinero del Ayuntamiento a como diera lugar. De algún lado tenía que recuperar lo de los tinacos usados como dádivas durante una muy larga precampaña.
Recordemos que el “nepotito” (perdón por no usar el anglicismo nepotebaby) no era político. Fue Xavier Azuara, hermano mayor y guía moral, quien se empeñó en presentarle los recursos públicos como forma de vida (debe ser feo recordar la pobreza) y llegará a la diputación federal gracias a los acuerdos de aquel, quien de tiempo atrás se había empeñado en acomodarlo a como diera lugar en algún cargo de elección popular, de preferencia en el que durante la campaña no se necesitara mucha sesera, no fuera siendo que se le acabara la poca que tiene.
El triunfo laboral de David Azuara no se habría conseguido sin el perverso apoyo de los incompetentes que ocupan la sindicatura, quienes muy posiblemente en el ejercicio de su profesión no saquen un borracho de la barandilla ni pagando fianza, pero en este caso pueden matizar su incapacidad y culpar a la “administración municipal anterior y que los retrasos en su resolución se debieron a la crisis provocada por la pandemia de covid-19”, y también gracias a las propias redes de parentesco que, enquistadas por Xavier Azuara, existen al interior del Ayuntamiento y permiten, fomentan e incentivan estos descarados saqueos; cómplices todos. Evidentemente el pusilánime del actual alcalde no lo hará, pero el asunto da hasta para fincarle una responsabilidad a la sindicatura.
Este laudo aunque lo presenta como lo que es: un vividor del presupuesto público, también se convierte en una muy pequeña muestra de la calidad de los amorales políticos potosinos que acaban no teniendo (porque no la conocen) lealtad institucional, ni responsabilidades, ni llene, ni madre.
Y pretendió ser alcalde…