De “ficciones”

Tomé un libro de Borges para leer una de sus “ficciones”. Y creo entender que no entiendo nada o que entiendo lo que mi mente cree entender o que mi contexto cerebral en su afán de entender construye un otro entendimiento evitando así, dejarme en un estado de total asombro.

“El sendero de los caminos que se bifurcan” es el título del relato mesuradamente incomprensible. Así como infinitos son las bifurcaciones del tiempo y las posibilidades del porvenir que se prefiguran entre renglones que hay que volver a leer más de un par de veces, así como para regresar a la primera página o al diccionario para encontrar pistas que nutran la comprensión de ese imaginario que Borges plasma en menos de 15 cortas páginas.

Ya imaginaba el sabio latinoamericano el desdoblamiento del tiempo, la bifurcación de las realidades posibles que nos depara la existencia, pero trató ese universo distópico a su manera: poética, científica y filosófica. 

El relato nos permite ver como dibuja, en la niebla de sus ojos, parajes y situaciones que quizá su mirada con destellos que lo cegaron o experimentó con vista propia, la que se ve en el gabinete de un oftalmólogo o la interior que se construye adentro, en donde neuronas y dendritas vibran en un baile continuo y feliz de sinápsis y choques electromagnéticos.

A veces el mundo, la humanidad, la rotación o la translación del planeta nos llevan por ese laberinto en el que las verdades se oponen, los buenos son malos y los malos son santos que otorgan regalos a la gente del pueblo y aplanan a los que obstruyen sus caminos. 

La verdad no está dicha y el relato, nebuloso para las mentes comunes como la mía, perfilan discretamente como el asesino salva a una nación y trasciende en la historia de su país de adopción como un héroe extranjero, que al cometer un asesinato evita la muerte de cientos, no sin provocar otras tantas: interminable e indescifrable en un mundo de ficciones cotidianas.